Ligues veraniegos
Dicen los que saben, encabezados por el gran Mario Benedetti que tanto escribió sobre el amor, que los romances de verano se quedan a perpetuidad en nuestra cabeza. A veces acompañados de aquellas pegadizas canciones promocionadas por las discográficas.
Era y quizá sigue siendo el peligroso primer amor adolescente, azuzado según los científicos por la principal hormona del amor y del deseo sexual, la testosterona, que alcanza el nivel más alto en agosto.
Los científicos aclaran que muchos de estos ligues caniculares se desvanecen cuando acaba el estío. Son -explican- como “un espejismo”, con el consiguiente riesgo de que uno de los dos se quede “colgado”.
Parece que estos calentones de una noche o aventuras que no pasan de las vacaciones resisten en el tiempo, pese a que las nuevas tecnologías con sus apps, instagrames, tinderes y otras aplicaciones de ligoteo se imponen a los rituales tradicionales del ‘apareamiento’.
Antes se iniciaban con un flirteo del tipo “quieres salir conmigo” y alguna llamada telefónica con una incierta y nerviosa espera en la que había que pasar el filtro del padre y de la madre quizás escuchando por el otro teléfono de la casa.
Antaño, a falta de eclipses, las llamadas lágrimas de San Lorenzo también ayudaban al acercamiento. Y los paseos por la playa, excursiones y merendolas. No digamos los guateques y bailes agarrados.
Seguro que Cupido se desplazó con el eclipse oficial al alcarreño Observatorio Astronómico de Yebes. Cuentan que hubo un fiestón con barra libre, paella valenciana y cena tipo cóctel hasta al amanecer. Presididos por Diana Morant, Marlaska y otros dos ministros, unos 300 invitados siguieron eclipsándose a los sones indies de La Habitación Roja. Page, con guiño electoralista, la esquivó.
Festejos y ligues agosteños saben mejor disparando con pólvora del Rey. La factura, 72.358 euros, es peccata minuta.