Vuelven las cartas
Un cartero turolense amigo, con 40 años largos de oficio, lamentaba al jubilarse el pasado diciembre que ya casi nadie escribe cartas. Ni de pésame, ni para felicitar o reprobar algo y ni siquiera de amor o más atrevidas entre amantes lanzados.
Las cartas de puño y letra han sido barridas por correos electrónicos, wasaps y videollamadas. Y por burofax y fríos impresos impersonales de las administraciones, empresas y particulares. Según datos oficiales, apenas unos 6 millones de españoles enviaron en 2025 una carta de forma ordinaria.
Cuentan que algunos turistas nostálgicos han puesto de moda mandar postales, incluso a sí mismos, como recuerdo o souvenir de su paso por turísticas y emblemáticas ciudades. Los jóvenes de otro tiempo era lo primero que hacíamos a la mínima excursión.
Una radio relata que el intercambio epistolar (tan antiguo como la propia escritura) es una tendencia al alza entre la llamada Generación Z (nacidos entre 1995-2000). Sería una manera de desconectar de las redes sociales y de relacionarse con las personas más allá del mundo digital hiperconectado con teclados y pantallas.
Así han surgido los llamados clubs de correspondencia, defensores de una comunicación a distancia con papel, más honesta y para reavivar una conexión humana que las redes parecen haber deformado.
Los geriatras aplauden este retorno al pasado. A su juicio ni crucigramas, sudokus o leer: escribir a mano influye más directamente en el funcionamiento cognitivo, es la actividad que los mayores de 60 deben hacer diariamente para fortalecer la memoria y la atención.
Según las encuestas, uno de cada tres adultos no ha garabateado ni la lista de la compra en los últimos seis meses.
A los modernos pedagogos también les chifla.
La ciencia confirma que usar lápiz y boli favorece una mayor conectividad cerebral.
Ojalá la primitiva escritura analógica vuelva para quedarse.