El molómetro mola
Molar es una palabra coloquial que viene del caló tan integrada en nuestro español como currar, chaval o colega. Su significado ha ido más allá de gustar mucho e impresionar en las redes, críticas de cine y la calle.
Se ha creado el molómetro, un medidor imaginario de la capacidad de alguien o algo de causar una buena impresión, tener carisma, estilo o atractivo.
Dicen que estos días Sakira con tanta y majestuosa gala está consiguiendo la máxima puntuación. A la cola se sitúa lo relacionado con la migración/invasión de Ceuta, el ático en Chamberí de Ayuso con visitas guiadas y los candidatos fracasados resucitados en el panorama electoral municipal y autonómico.
El medidor ha evolucionado de manera inesperada. Los calcetines blancos, con los que hasta hace nada no te dejaban entrar en las discotecas, ahora molan con ´zapas’ a juego en los Consejos de Ministros. En el típico vermú, junto a las cañas y los chupabotellines, molan los tintos de verano ya en otoño y el aperol, espumoso agridulce italiano de color naranja vibrante y brillante.
En Madrid, Barcelona y urbes punteras se han hecho guías (en internet, claro) de lugares que molan, con denominaciones anglopijas y precios de paso cañazo.
Viendo las actuaciones de estrellas musicales tan relevantes como Rosalía y C. Tangana y de cine tipo Bardem/Penélope mola presumir de pobre-artistas. Una especie de macarrismo estético posmoderno.
También resulta molón turistear a Japón o Ibiza y llenar Instagram de selfis, ir en lugar de a la iglesia al gimnasio, plagado de `gymfluencers’, acaparadores de máquinas, ligonas de poca monta, vigoréxicos y miraculos. Y vestirse de pistacho, el nuevo color de moda.
¿A usted qué le mola?, podría preguntar Tezanos en su CIS tras lo de la tortilla con o sin cebolla y posibles relaciones íntimas con robots. Molaría mazo.