Membrillo electoral
Un alimento tan delicioso tiene su lado grotesco. “No seas membrillo”, era consejo habitual en conversaciones hace 40 años. Hoy podría darse a políticos y, sobre todo, a electores.
Estamos en época de membrillos, un producto cada vez menos presente en las fruterías, pero copioso en esta época electoral moderna donde los tuits han sustituido a los discursos elocuentes, los mensajes en las camisetas a los programas, las calles incendiadas por los mítines, los compromisos son huecos y la IA plana suple a la inteligencia natural.
El membrillo, pese a ese aroma que es una maravilla y su fama de afrodisiaco, se consume menos por aquello del abundante azúcar usado para aderezarlo. Los endocrinos desaconsejan su famosa “carne” o dulce. Pero se mantiene en la cocina puntera y en el recuerdo.
De niño algunas tardes gloriosas merendaba membrillo con una rebanada de pan untada con manteca. O acompañada con un pedazo de queso de cabra. Era la alternativa al socorrido pan con una onza de chocolate Iturbe o Igual, cono miel y nueces.
Hoy parece una antigualla. Las abuelas colocaban los membrillos en repisas y basares como ambientador o en los armarios para perfumar la ropa. Y utilizaban su compota como remedio casero para alteraciones como la diarrea.
Plutarco se refería al membrillo como “la fruta del amor y la fecundidad” (era la preferida de Afrodita y precursora obligada en los besos de novia). Su confitura fue incluida por Magallanes (según el Archivo de Indias) en el avituallamiento de la tripulación en la travesía que completó la primera vuelta al mundo. También la portaban en su maillot viejos ciclistas previsores para remediar alguna “pájara”.
Un alimento tan delicioso tiene su lado grotesco. “No seas membrillo”, era consejo habitual en conversaciones hace 40 años. Hoy podría darse a políticos y, sobre todo, a electores.
Aunque la RAE se hace el longuis, ser un membrillo significa ser idiota, ingenuo, tonto, inútil, bobo o fácil de engañar. Un zoquete o tarugo, resumirían en mi pueblo.