17/01/2020 / 17:37
Emilio Fernández Galiano


Imagenes

Vaqueros en la Moncloa y esmoquin en los Goya

Pablo Iglesias no tiene inconveniente de acudir en vaqueros a su primer Consejo de Ministros, pero gotea por ponerse un esmoquin para ir a los Goya. Presumo que respeta mucho más a Loles León que al Gobierno de España.


Hace falta ser vulgar e insensible a las formas. Me enseñaron que los acontecimientos, en función de su importancia, debían estar arropados por las formas. Si vas a una boda es de cajón respetar la ilusión de los contrayentes y la importancia de su evento. Y te arreglas para respetarles. No es lo mismo ir a una boda que a tomar unas cañas con caracoles en el Rastro. Es, como dicen ahora los cursis, la comunicación no verbal. 

Además de cierta y mínima sensibilidad hay aspectos que no pueden quedar marginados. Prácticamente en cualquier aspecto de la vida las formas y el fondo tienen su importancia. Hasta en el Derecho, que regula nuestra convivencia, las leyes han de ajustarse a forma y fondo, de ahí que exista el Derecho Procesal como garante de que las cosas deben hacerse en su tiempo y forma. 

Pablo Iglesias no tiene inconveniente de acudir en vaqueros a su primer Consejo de Ministros, pero gotea por ponerse un esmoquin para ir a los Goya. Presumo que respeta mucho más a Loles León que al Gobierno de España. Tuve la inmensa paciencia de ver a través de la televisión impúdica los últimos debates para la consagración del gobierno Frankenstein. No es que fuera vergüenza ajena, era bochorno propio el sentirme elector indirecto de políticos (perdón, o políticas) que se presentaron con sospechosas camisetas (perdón, camisetos) –creo que poco lavadas/dos- en el entorno de nuestro Congreso de los Diputados, Diputadas, Diputades. Un templo como el de la Carrera de San Jerónimo, testigo, depositario y heredero de nuestra Historia, debería recibir el respeto que su exclusiva singularidad implica. 

Apelé antes a la sensibilidad, erróneamente, porque se trata más de educación (las formas), que es la que permite, en algunos casos, ocultar la falta de sensibilidad. 

Siempre he defendido los uniformes de los alumnos para ir al colegio. Primero por la comodidad de sus padres a la hora del vestuario, segundo porque es la mejor forma de evitar comparaciones innecesarias en cuanto a marcas y posibilidades en cuanto al poder adquisitivo de sus familias. La izquierda y los iconos de la misma cuidan mucho más su aspecto que los de la derecha, que suelen conformarse con lo de siempre. Aquéllos buscan la chaqueta “progre” que les legitime costándoles un pastón en cualquier tienda de marca. Su estética “progre” ad hoc, propia de su casta; en definitiva mucho más pijos que los que se conforman con la pulserita rojigualda y su pantalón de pana azul. 

El pintor Eduardo Arroyo, entonces militante comunista –acabaría siendo de ideas conservadoras, como tántos- se libró de una paliza en los calabozos de la Puerta del Sol por ir con corbata, a principios de los setenta. En una cena a la que asistí de presuntos intelectuales – ¿qué diferencia hay entre un intelectual y un hombre culto?: los primeros alardean de saber, los cultos, saben- alguien criticó mi indumentaria –“¡cómo vas a ser artista con lo aseadito y elegante que vas”-.  A lo que le contesté, pelín harto de las mismas chorradas: “perdona, el revolucionario soy yo, que estoy fuera de tus apolillados tópicos”. A partir de ahí decidió hablar con el que estaba al otro lado de la mesa y a mí me liberó de sus sentencias. 

Y me pondré corbata en el funeral político de Pablo Iglesias. Tampoco hace falta esmoquin. 


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