05/06/2020 / 20:14
Jesús de Andrés


Imagenes

8 millas

Coincidió el visionado del filme con el inicio de las protestas en Minneapolis tras la muerte de George Floyd, un afroamericano de 46 años.


Buscando una película que pudiera interesarnos a los dos, mi hijo Jorge y yo decidimos ver el otro día la que da título a esta columna, 8 millas, que es el nombre de la carretera que separa el centro de Detroit, habitado por población empobrecida de raza negra, del norte de la ciudad, en el que se encuentran los barrios blancos acomodados. Cada uno hizo su lectura. Él más centrado en la trama musical -con Eminem como protagonista-, en las bases rítmicas de sus canciones, en la carrera de un chaval que participa en batallas de gallos (concursos de hip hop), escribe rimas en hojas que guarda en sus bolsillos y fantasea con sus amigos sobre un futuro que se les antoja lejano e inmediato a la vez. Yo impresionado por la decadencia de una ciudad que pasó de ser la cuarta de Estados Unidos, la meca del automóvil, la cuna de Henry Ford, a convertirse en un páramo de casas abandonadas, solares vacíos y barrios sin luz ni agua, en una sociedad que intenta sobrevivir viviendo en caravanas, sin servicios sociales ni esperanza alguna.

Coincidió el visionado del filme con el inicio de las protestas en Minneapolis tras la muerte de George Floyd, un afroamericano de 46 años, tras ser brutalmente retenido por la policía. Minnesota, al igual que otros estados de la zona de los Grandes Lagos como Wisconsin o el mismo Michigan, ha sufrido idénticos procesos de pauperización tras la crisis de 2008. Sometidos a una decadencia gradual desde los años setenta, la Gran Recesión remató estas zonas, dejando a su población, en parte llegada en las décadas anteriores desde los estados del sur, a la intemperie más inclemente. Y cuando parecía que la cosa podía remontar, por poco que fuese, llegó el coronavirus y se cebó de nuevo sobre los territorios y las personas más desfavorecidas. La movilización espontánea generada en cuestión de horas tras la muerte de Floyd, retransmitida en tiempo real por las redes sociales, las manos levantadas o la rodilla en tierra como símbolo de rechazo a la segregación racial y a la discriminación de quienes no tienen el suficiente dinero como para que no importe el color de su piel, no son sino reflejo del hastío de quienes, saturados, se levantan a protestar por tantas y tantas causas acumuladas. 

Trump, pendiente de las elecciones presidenciales que el próximo 3 de noviembre decidirán si sigue o sale de la Casa Blanca, pasó de un tímido apoyo a la víctima a cosificar a todo aquel que se sumara a la protesta. Independientemente de lo acertado de su estrategia, flaco favor hace a su América grande el perpetuar la existencia de jóvenes y ciudades abandonados a su suerte, el mantener esas 8 millas que separan el futuro de la desolación.


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