Agosto

31/07/2026 - 19:48 Jesús de Andrés

Se eleva la luna, rojiza, sobre el río Duero, desde el mirador de San Cipriano, en la milla románica zamorana. Asoma la última luna llena de julio, sonrosada en su orto, más brillante de lo normal tras ascender, llenando de luz la noche que conduce al Mediterráneo.

No llega a las dimensiones que tendrá en agosto, cuando coincida el plenilunio con su perigeo, el punto de su órbita más cercano a la Tierra. Hazme encontrar el camino, cantaba Radio Futura, luna de agosto, hazme llegar a mañana. No importa en qué punto del planeta se encuentre uno, la luna une a quienes la contemplan: la de julio y la próxima de agosto, mes lánguido de calores, descanso y vacaciones, como todos los agostos. Habrá eclipse el día 12, Perseidas a mediados de mes, lluvia de estrellas con cuentagotas las semanas siguientes. A finales de agosto habrá otra luna, superluna dicen ahora, enorme, que llenará el cielo y hará el día en la noche. Perla madura del cielo, dice la canción.

No somos ni tan siquiera conscientes. Los días se vienen acortando desde hace más de un mes, están al caer las tormentas que anunciarán, sin poderlo evitar, la llegada de septiembre. Los pueblos, tras los incendios de julio, suspiran porque no haya más, porque no se repita, por llegar vivos al otoño. Recuperarán este mes una normalidad impostada por la llegada de visitantes, de hijos que regresan, de familias en busca de sus ancestros. Por unos días dejarán de ser la España vaciada, dejando el honor a las ciudades. Llega el ocio, que es la negación del negocio. Llegan las semanas anheladas, que pasarán raudas, como cada año. Intentaremos ponernos al día con las lecturas aplazadas, con los planes pospuestos, con las empresas postergadas. Como cada año, estrenaré mi agenda WH Smith, que una vez más me ha traído mi hermano Jorge desde Milton Keynes. Abriré también un nuevo cuaderno de notas. Y repasaré la lista de propósitos aplazados, mapa para orientarme, carta de navegación que me conducirá al puerto al que quiero llegar, ruta planificada de anhelos y deseos.

Por una de esas casualidades de la vida, nos damos de bruces en un precioso rincón de Zamora, cerca de su catedral, con un concierto de ministriles del Ensemble Semura Sonora. Es música antigua, con instrumentos de época: cornetto, chirimía, bajón y sacabuches. Presentan cada interpretación Bea Barrio, que introduce la historia y la arquitectura de la ciudad, y Lucien Julien-Laferrière, director artístico en Ensemble. Una pequeña multitud sigue sus pasos al atardecer. Maravillosa música que acompaña y llena el alma.