Invasiones
He cruzado varias veces la frontera con Marruecos. Lo hice a comienzos de los noventa, en autobús desde Ceuta por el Tarajal, o a finales de esa misma década, caminando desde Melilla por el paso de Beni Enzar.
Recuerdo llegar en taxi hasta el puesto fronterizo, pasar el control español gracias a la deferencia de un guardia civil que avisó a gritos a su homólogo marroquí y atravesar la franja neutral apartado del caos de gentes y mercaderes, del trasiego de asustados porteadores bandeados por la vara de los gendarmes, que les atizaban como si de ganado se tratara. Me acuerdo de la larga fila de antiguos taxis Mercedes de color crema, desvencijados, cuyos dueños regateaban el precio para llevarme a Nador. En los últimos años he recorrido en su totalidad los kilómetros de valla de una y otra ciudad autónoma, a las que he viajado en decenas de ocasiones, viendo cómo crecía la alambrada convirtiéndose, aparentemente, en una empalizada imposible de saltar.
Conozco a muchos melillenses y ceutíes y cada vez que voy compruebo su impotencia y desánimo, tan grandes como la incompetencia de la política exterior española con Marruecos, da igual de qué gobierno se trate. No sé si por complejo, miedo o intereses más o menos ocultos (no tienen más que ver la lista de políticos afines al régimen marroquí), una y otra vez el reino alauita decide la música e interpreta la sintonía que nos marca el paso. Los conflictos nunca han faltado: la pesca, la reivindicación de territorios, el Sáhara… Ellos tienen la llave de muchos de nuestros problemas, el primero el de la inmigración descontrolada, también el de la lucha contra el terrorismo. Las concesiones no sirven, no hay más que ver lo ocurrido con la antigua provincia española. El problema es que nos tienen tomada la medida. Mohamed VI, como Putin, entiende a la perfección el lenguaje de la fuerza, del palo, como los que dan sus gendarmes, pero se ríe de nuestra democracia porque sabe bien de nuestra incapacidad, y es que la otra cara del temor es la cobardía.
La crisis del islote de Perejil dio paso, EE.UU mediante, a una fase de normalización y rendido entusiasmo que alcanzó su cumbre con la Alianza de Civilizaciones promovida por Zapatero, el gran facilitador con Rabat. La avalancha de 2021, al igual que la actual, retomó la migración como arma de presión. Gracias a la sincronización entre el gobierno marroquí y las mafias, han entrado 70.000 personas y regresado unas miles menos, varios cientos de niños entre ellas. Una jugada redonda. Ahora el problema es nuestro.