Dilemas morales
Un verano más, como todos los veranos, han vuelto los encierros por el campo, el trasiego de toros por las calles, la fiesta más primitiva.
Regresa inevitablemente el “¡eh, toro!”, quintaesencia del orgullo paleto, crisol de barbaridad en el que se funden la crueldad testosterónica con la brutalidad más gratuita. Veo imágenes de toros con los ojos abrasados por el fuego, perseguidos por vehículos sin ITV ni control de alcoholemia, absurdas cogidas que, un año más, confirman la selección natural de las especies.
Asisto también, atónito, al desastre de los incendios, a la evolución de las guerras, a la trampa de Ceuta, a los vaivenes del inestable orden internacional. Me pasma un suceso: el juicio a una enfermera estadounidense, Lindsay Clancy, tres años después de que matara, estrangulándolos, a sus tres hijos: Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de 8 meses. Depresión posparto, alegó tras la matanza. Una voz masculina le ordenó matarlos en pleno delirio psicótico. Eso dice. Y eso hizo. El debate, ahora, es si la depresión posparto es una excusa, pues sabía que lo que hacía estaba mal, o si la exime de toda responsabilidad. Un dilema moral, como tantos. No han faltado, por supuesto, quienes, por su condición de mujer, la absuelven de toda culpa. Hasta manifestaciones ha habido. Sororidad, alegan. Lo de siempre: todo hombre es culpable a priori, toda mujer está exenta de responsabilidad. La mujer, por definición, es un sujeto vulnerable y el hombre, por eso mismo, es estructuralmente criminal. Si eres mujer y matas a tus hijos, por algo será (y ese algo son los hombres), si eres hombre y cometes idéntico delito es por tu condición de ser execrable. Una mujer que mata a sus tres hijos no es responsable, es víctima; un hombre que mata a sus hijos es un asesino (y lo es, que no haya dudas). En España, no sé si lo saben, las estadísticas no contabilizan a las mujeres parricidas, pero sí a los hombres. Por eso los casos de violencia vicaria siempre son violencia masculina, aunque la realidad es que ellas son quienes matan más a sus hijos. Un sindiós políticamente correcto, vamos.
Nuestra sociedad es incapaz de asimilar el horror del maltrato animal, da por buena la interrupción del embarazo con siete, ocho o nueve meses -nosotras decidimos-, hace malos a los hombres por definición. Los toros son tradición, el aborto un derecho, la mujer siempre es víctima, el hombre siempre culpable. Pero, ay, la moral no va de guerras culturales, no es inmutable, cambia, y lo hará siempre en el sentido correcto. No tengan dudas.