La viga woke
Se cumplen 50 años del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, hecho fundamental –más incluso que la investidura de Juan Carlos I– de nuestra transición democrática.
Se cumplen 50 años del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno, hecho fundamental –más incluso que la investidura de Juan Carlos I– de nuestra transición democrática. Si entonces los retos eran redactar una constitución, desarrollarla, consolidar la democracia, hacer frente a sus enemigos e integrarnos en las instituciones europeas, hoy los desafíos son otros, no de menor envergadura: el principal, combatir la erosión democrática, las amenazas que afronta: polarización extrema, populismos, descrédito institucional o injerencias extranjeras de países abiertamente antidemocráticos, con Rusia a la cabeza.
Por más que algunos se empeñen en no reconocerlo, hay unos valores occidentales que nos definen, valores que tienen que ver con principios ilustrados como el racionalismo que rechaza dogmas religiosos y supersticiones, la tolerancia que fomenta el respeto, la libertad como bandera individual, la creencia en la educación como base de la sociedad u otros de contenido más político como la división de poderes o el estado de derecho. De ahí las dificultades de algunas culturas para entenderlos y, sobre todo, para asimilarlos y aceptarlos. Un integrista religioso jamás aceptará nada que vaya más allá de sus dogmas, de su creencia irracional, ni admitirá la libertad de los demás, como tampoco reconocerá el laicismo o la pluralidad. Más allá de su fundamentalismo fanático, no hay nada que reconocer. Creo que todos estaremos de acuerdo en señalarlos: un talibán afgano o un clérigo chiita iraní, por ejemplo. No hay duda ahí. Sí la hay, qué curioso, cuando miramos alrededor, sobre todo porque opera siempre el principio de la paja en el ojo ajeno. Han surgido entre nosotros en los últimos lustros, como setas en otoño, personas que encajan en las categorías woke, que no son tanto los progres en general -como algunos pretenden- sino esos colectivos que clasifican socialmente a través de categorías narrativas hiper ideologizadas, delimitando divisiones en categorías morales y sometiendo a control a quien ose no compartir su visión del mundo. Para eso se recurre a la censura, a la cancelación y al escarnio público. Irracionalismo y autoritarismo, búsqueda de la pureza. He ahí el objetivo. Poco importa que sea por relatos religiosos o morales.
Me pasma el temor de algunos por el futuro inmediato, que si viene el coco, que la que nos espera, que qué va a pasar…, como si esos temores no estuvieran ya hace tiempo aquí. Da más miedo un imán wahabí que un tonto woke, qué duda cabe, pero es más fácil que nos toque uno de estos cerca defendiendo con idéntico énfasis absurdas narrativas por encima del respeto a la libertad individual. Ojo con ellos.