El temblor del chavismo
Las catástrofes naturales –poco importa que se trate de un terremoto o un huracán, de una erupción volcánica o una pandemia– siempre ponen a prueba a los regímenes políticos, en particular a las dictaduras.
Su incapacidad gestora, su manipulación informativa y la corrupción inherente a ellas han provocado en no pocas ocasiones el descontento y el inicio de revueltas que de otra manera no hubieran brotado por miedo a la represión. Entre otros muchos casos, le ocurrió a la dictadura de Somoza en Nicaragua, cuando el terremoto que destruyó Managua en 1972 erosionó definitivamente sus apoyos.
Le toca ahora a Venezuela, a la dictadura chavista, en un momento muy particular de su evolución, en la incertidumbre de si la detención de Maduro supuso el inicio del fin o el comienzo de una nueva etapa de comodidad conjunta para Trump y la élite bolivariana. El terremoto, como suele ocurrir, ha mostrado las costuras del régimen, su insolvencia para la gestión, su falta de planificación, su nulidad más allá de las consignas, las lealtades y la propaganda. El chavismo ha construido en estos 27 años numerosas viviendas sociales, cuya entrega conllevaba horas y horas de publicidad. Muchas están en el suelo. Nadie constató si estaban bien hechas, si atendían a las necesidades del terreno ni sus calidades. El caudillo Chávez monopolizaba los actos. Lemas revolucionarios, eslóganes llenos de épica bolivariana, interminables discursos henchidos de barata demagogia. Todo lo necesario para encubrir la corrupción sistémica, la mayor de las incompetencias. Ni rastro de proyectos bien diseñados, de prevención, de una planificación correcta. Para qué. Lo importante era asegurar la lealtad de los leales mientras la mitad del país, en particular los más jóvenes y los mejor preparados, emigraba ante la imposibilidad de subsistir. Sin ingenieros, sin técnicos, sin personas capacitadas y competentes, los distintos niveles de gobierno han estado y están en manos de los más ideologizados, de los más pícaros, de los más inútiles en el sentido estricto del término.
El chavismo, tanto monta Chávez como Maduro, ha sido un proyecto incapaz de gestionar Venezuela, de desarrollar su economía, de generar bienestar. Ha causado mucha mayor ruina y destrucción que cien terremotos como el del pasado día de San Juan. Represión, ruina y rapiña. Eso ha sido el chavismo, algo que ni sus cómplices pueden dejar hoy de reconocer. El terremoto, puestas una vez más las vergüenzas del régimen en evidencia, debiera ser su puntilla, la constatación de su hecatombe. Su suerte, sin embargo, dependerá de si Trump baja o sube su dedo pulgar. Como si de una maldición se tratara.