Ni agua
Pues ya estaría todo. 24 años de cárcel para Ábalos, 19 para Koldo, y aquí no se mueve nadie un centímetro de su discurso.
Me sorprende que Pedro Sánchez hable de ellos por su nombre, y no “de esas personas que usted me menciona”, que se refiera después a “mi hermano y mi mujer”, que parezca asumir, en un quiebro inicial, su malestar y preocupación. Fue tan sólo un espejismo. Enseguida volvimos a lo de siempre, al usted más, a la cremita para montar en yate en la ría, a díganos quién le paga el piso. Lo hace porque puede, porque sabe que ni uno de los suyos se lo va a recriminar, porque tiene la absoluta certeza de que esto pasará y serán apenas cicatrices, pequeños roces de carrocería.
Qué país. Cada uno con su discurso aprendido, con sus buenos y sus malos, siempre los otros, los que piensan distinto, los de la trinchera de enfrente. Las ciencias sociales usan ese concepto, el de “otredad”, para referirse a la construcción mental que se encuentra en la raíz de los nacionalismos, sobre todo de los más excluyentes, donde lo importante es definir por determinados rasgos (raza, lengua, religión, ideología…) que se contraponen con los propios. Son las gafas para ver la realidad, las lentes que hacen del otro alguien abstracto que amenaza a nuestro grupo. Una vez dado ese paso, el siguiente es el de la insensibilidad extrema, la indiferencia por su situación o su sufrimiento.
Aquí nadie entiende al otro porque no se hace el menor esfuerzo. Ni empatía ni compasión ni simpatía alguna. Al contrario, el otro es cosificado por elementos simples, oscuros, alguien que sólo merece desprecio. ¿Intentar entender lo que piensa el otro y por qué lo piensa? Ni por asomo. ¿Argumentos para comprender su actuación? No los necesito. ¿Barajar la posibilidad de que al otro le asiste su razón? Eso es debilidad y mis principios están claros. Todos participamos de ello por comodidad, por inercia, por pereza, quizá por mera estupidez. Todos. No hay matices, por eso no hay acercamiento. Para superarlo, para evitar ese actuar irracional hace falta un esfuerzo notable de autocrítica, que ni está ni se espera. Esta semana les tocó a los socialistas, la semana que viene les tocará a los populares. La culpa será de la justicia, de determinados jueces, de su rapidez o lentitud. Y no digo que los jueces no compartan lo que está generalizado en la sociedad, a veces más que nadie. La pena, la enorme pena, es que todos estén instalados en aquello de al enemigo ni agua. Con tanta calor.