06/04/2019 / 19:55
Antonio Yagüe


Imagenes

Aragoncillos

Aragoncillo, y el monte homónimo que corona la Sierra, más conocido como La Señorita, es único.


Leo estos días, para desengrasar de tanta política de medio pelo, en la enciclopédica obra (casi 500 páginas) de Jacinto Iritia Aragoncillo. Vida y costumbres de otros tiempos (Amazón). Con cariño y mucha nostalgia por haber vivido en carne propia, casi de forma paralela, muchas escenas, historias, usos, tradiciones, alegrías y penas de aquellos tiempos. Y  seguramente penurias y sueños desde los pupitres y camastros del histórico instituto molinés Santo Tomás de Aquino que tan profusamente describe. 

El resultado es, por resumirlo rápido y pronto, etnología, historia y geografía humana de la zona en estado puro. Una joya. Se nota que Jacinto ha invertido en el libro muchas horas y que la ha ido rumiando a lo largo de años. Nos ha dejado de lo mejor de su dilatada carrera de maestro y profesor de Historia. Desde el Aragoncillo ibero, cuando sus paisanos antecesores vendían caballos a los romanos, al último verano en el que siguió incansable recopilando y relatando con rigor actividades, anécdotas e historias que es lo suyo.

Por sus páginas pasan cabreros, borregas y premalas, la siega y destilación del espliego, sementeras, trillas y otras faenas del campo, bodas, guisos sin gastrotonterías, usos y costumbres ancestrales. O habilidades de la humilde economía de postguerra, casi de subsistencia, con ingeniosos métodos de crédito, como las tarjas, las ‘visas’ de entonces en soporte de madera con muescas para pagar al panadero, carnicero, tendero y hasta el herrero.

Capítulo aparte son los imaginativos y económicos juegos infantiles y juveniles, sin pilas ni conexiones, como el churro o la jarabá. Todo un tratado de ocio rural sano. Y la actividad escolar, moribunda hasta su final en los años 70. El propio autor, consciente de que cuando se cierra una escuela se cierra un pueblo, cuenta que trató de frenar su muerte en sus primeros años de docente dando clase a los penúltimos alumnos por pura vocación y cariño. 

Aragoncillo, y el monte homónimo que corona la Sierra, más conocido como La Señorita, es único. Pero en la obra de Iritia aflora el esqueleto y alma de la comarca, rural, pobre y humilde, pero auténtica. Ya sin arados ni mulas, los últimos cencerros dejarán pronto de sonar y serán, como dicen los modernos, pantalla pasada. Destino cruel, pero inevitable de tantos aragoncillos.


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