16/01/2022 / 12:15
Araceli Martínez Esteban /Doctoranda UAH en Estudios Interdisciplinares de Género y exdirectora del Instituto de la Mujer en CLM


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Cadalso y tribuna

Entre 1789 y 1793 se crearon nada menos que cincuenta y seis clubes republicanos femeninos para, como decía Olympe de Gouges, “dar a mi sexo una consistencia honorable y justa”. 


La mujer tiene el derecho a ser llevada al cadalso, y, del mismo modo, el derecho a subir a la tribuna». Así de claro se expresó la indomable Olympe de Gouges para reclamar la igualdad entre los sexos en plena Revolución francesa.

Lo leído anteriormente es un extracto del décimo artículo de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana de 1791, que de Gouges redactó como contestación a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano que dos años atrás había sido proclamada por la Asamblea Nacional. 

La cuestión es que las francesas, sobre todo las parisinas, se implicaron a lo grande en el proceso revolucionario y, sin embargo, no fueron correspondidas con los derechos que los varones, ya ciudadanos, empezaban a disfrutar.

Así las cosas, se volcaron en los llamados Cuadernos de Quejas, que empezaron a componerse para ser elevados a los Estados Generales (una institución similar a las Cortes castellanas en las que estaban representados los tres estamentos: nobleza, clero y pueblo llano), que no habían sido convocados desde 1614. Para que se hagan un idea, las mujeres prerrevolucionarias se sentían como «el tercer estado del tercer estado».

A Luis XVI no le salieron las cosas bien y en vez de detener la Revolución, esta no hizo sino acelerarse hasta el punto de que, unos meses más tarde, fue constituida la Asamblea Nacional en la que se promulgaron los ya citados derechos masculinos.

Club de femmes patriotes dans una église.Autor: Chérieux. Fuente: Biblioteca Nacional de Francia.

Las mujeres quedaron excluidas del nuevo parlamento que era la Asamblea Nacional, así que continuaron con sus Cuadernos de Quejas a pesar de que no fueron tenidas en cuenta ni sus demandas, ni ellas mismas. La universalidad de las proclamas de libertad, igualdad y fraternidad eran solo a medias.

Las peticiones podrían ser englobadas en tres tipos: las firmadas por las mujeres que sabían leer y escribir; las anónimas, procedentes en general de las clases más humildes; y las apócrifas, que se manipulaban para reírse de las féminas y tergiversar sus justas peticiones.

Las reivindicaciones eran de todo tipo, aunque destacaremos las cuatro siguientes: educación femenina, igualdad en el matrimonio y erradicación de los malos tratos, derecho al trabajo y abolición de la prostitución.

En fin, una pena que estos requerimientos fueran ignorados, incluso ridiculizados llamando despectivamente a las mujeres que deseaban subir a la tribuna pública las «tricotosas». Desde años antes, como las mujeres no tenían permitido hablar en la mayoría de los grupos políticos varoniles, estas empezaron a organizar sus propios salones literarios… y políticos.

Entre 1789 y 1793 se crearon nada menos que cincuenta y seis clubes republicanos femeninos para, como decía Olympe de Gouges, «dar a mi sexo una consistencia honorable y justa». Pero estos clubes fueron prohibidos y, casualmente, en el mismo año en el que también fueron ejecutados Luis XVI, María Antonieta, multitud de girondinos (rama revolucionaria moderada) y… nuestra Olympe.

La verdad es que Robespierre la tenía ganas. No soportaba su inteligencia, su inconformismo y su apoyo a las y los girondinos. Por cierto, a estos últimos pertenecía Madame Roland, también decapitada en 1793 y a la que se adjudica la famosa frase de “Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre”.

Olympe de Gouges fue una mujer rompedora y eso no se perdona. Nació en una familia de la pequeña burguesía occitana que la casó con un señor mucho mayor que ella, quedándose viuda con tan solo veintidós años y un hijo. 

En esta situación renunció al apellido del esposo fallecido, lo cual, como pueden imaginar, no fue muy bien aceptado, pero ella siguió adelante y se trasladó a París. Allí, además de una intensa implicación por que las mujeres también fueran ciudadanas, escribió extensamente sobre asuntos como la religión, el divorcio, la esclavitud, la situación de las féminas, etc.

A pesar de su producción literaria e intelectual, para intentar hundir su reputación, pretendieron tildarla de analfabeta y, no contentándose con ello, quisieron ver en todas sus decisiones y acciones un escándalo, por lo que, como nos cuenta una de sus más importantes biógrafas, Oliva Blanco, incluyeron su nombre en un listado de prostitutas.

Hasta su padre le remitió una carta en la que la advertía de que «las mujeres pueden escribir, pero conviene para la felicidad del mundo que no tengan pretensiones». En fin, que, aunque lo intentó incesantemente, a Olympe no le permitieron subir a la tribuna, pero, eso sí, no le ahorraron el cadalso.

Tras un juicio sumarísimo en el que ni siquiera tuvo la oportunidad de contar con la defensa de un abogado, Robespierre, el máximo (que no el único) responsable de esa sangrienta etapa conocida como la del «terror», se salió con la suya y el 3 de noviembre de 1793 Olympe de Gouges fue guillotinada.


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