Cálculos
En estos más de cuatro años, Rusia ha sacrificado sus mejores unidades, ha demostrado al mundo su incompetencia, sus limitaciones técnicas, la inoperancia de su material obsoleto.
No tardando mucho, en apenas unos años, se estudiará en las academias militares, en las universidades, en los centros académicos y en los “think tank” -ya saben, esos laboratorios de ideas dedicados a analizar los porqués de lo ocurrido y el posible porvenir- el error, el inmenso error de Rusia, de su máximo líder, Putin, su mayúscula torpeza estratégica, su ineptitud táctica, sus errores militares, la ruina de su ejército. En estos más de cuatro años, Rusia ha sacrificado sus mejores unidades, ha demostrado al mundo su incompetencia, sus limitaciones técnicas, la inoperancia de su material obsoleto. Ningún avión ni helicóptero ruso se atreve, ni por asomo, a sobrevolar suelo ucraniano. Sus carros de combate se han ido reduciendo al mínimo, al igual que sus vehículos para el transporte de su infantería, hasta el punto de que hemos visto a sus soldados en motos chinas, carros de golf, a caballo, como si fuese una guerra del siglo XIX, y sobre todo a pie, a pesar de las condiciones climatológicas y del terrero. Tanto es así que sus dictaduras amigas (Siria, Venezuela, Irán, Cuba…) han caído o van a ir cayendo sin poderles prestar la más mínima ayuda: bastante tiene Rusia con lo suyo.
Se hablará, sin duda, de los errores de Rusia, pero también se hablará de la inmensa capacidad de su espionaje, de la habilidad de su propaganda para llegar, sigilosa, hasta el último rincón de nuestras redes y medios de comunicación, de su vocación permanente para financiar la subversión. Al fin y al cabo, son décadas financiando a guerrillas, grupos terroristas, facciones disidentes y partidos políticos de todo tipo. Su objetivo es claro: desestabilizar. Y están en ello.
Improvisación, torpeza y ausencia de cálculo y planificación. ¿Qué podía salir mal? Tampoco se va a quedar atrás Donald Trump, quien unos días dice una cosa y otros la contraria, pero cuya suma de todas ellas nos indica también que en el ataque a Irán ha habido poco o ningún cálculo de consecuencias, no se han analizado los datos ni se han estudiado los diferentes escenarios que podían resultar, teniendo sobre la mesa uno de los peores: la resistencia, doblada por la rabia, del régimen teocrático iraní, cuyo objetivo, una vez removido el avispero, será hacer cuanto más daño mejor. Ellos, tanto los rusos como los iraníes, están acostumbrados a la renuncia y a la resistencia, saben bien que donde no hay capacidad de aguante es en Europa, ni en Occidente en general. De ahí que poco les importe, una vez en guerra, lo que ocurra. Somos nosotros quienes sí debemos preocuparnos.