Vencer a la muerte
Semana Santa en un mundo en guerra: la vida y la muerte se encuentran de nuevo. Semana Santa que, independientemente de nuestras creencias, nos reencuentra con nuestra parte más espiritual, esa que nos define.
Resonará, como tantas veces, a modo de ritual, el Stabat Mater de Pergolesi, aquel viejo poema medieval sobre el dolor de una madre ante la muerte de su hijo, convertido en símbolo del sufrimiento universal. “Hazme sentir tu dolor para llorar contigo”, recitará una vez más. Una madre desconocedora del final gozoso, sorprendente, que le espera: la victoria sobre la muerte.
Lo dijo Marguerite Yourcenar en su Adriano: no hubo un momento más feliz en la historia de la humanidad que aquel en el que los viejos dioses estaban muriendo y los nuevos no se habían impuesto aún. Otros muchos recogieron la idea, que es dichosa pero errónea. No hubo un vacío: en el siglo IV Constantino legalizó el cristianismo y, sin solución de continuidad, Teodosio lo convirtió después en religión oficial. La realidad es que, frente a la vieja religión romana, poblada de dioses guerreros y caprichosos, crueles e imprevisibles, el cristianismo trajo consigo un mensaje revolucionario, el del amor al prójimo. Fue obra de Pablo de Tarso y sus seguidores, convencidos de que vivían los últimos días antes de que los muertos se pusieran en pie y se celebrara el juicio universal. Que el fin del mundo, ese que anunciaban inminente, no llegara o que el poder se apropiara del mensaje de Jesús y convirtiera la creencia en iglesia son detalles menores al lado del gran salto que supuso: el amor todo lo puede, todo lo sana, incluso subyuga a la muerte. Frente al panteón de dioses inmisericordes, incluido Yahveh, dios de los judíos, dios del Antiguo Testamento, un hombre vence a la muerte y anuncia el amor como fe universal.
La semana pasada, la muerte de una joven en una eutanasia mal entendida, convertida en suicidio asistido, nos hizo fracasar como humanidad. No cabe que el Estado elimine a la carta, por muy deprimido, frustrado o enojado que uno esté con el mundo. No se puede recurrir a la guerra cada vez que le apetezca al líder de turno y que sea impune. No se puede maltratar a los animales para disfrute nuestro, matándolos en espectáculo público. No se puede recurrir al aborto como método anticonceptivo. Son culturas de la muerte que se imponen. Y no se puede elegir a la carta: al margen de lo que cada cual crea, o se está con la vida o se es siervo de la muerte.