26/11/2022 / 13:00
Jesús de Andrés


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Como Cagancho en Almagro

Como Cagancho en Almagro quedó la ministra de Igualdad, Irene Montero, tras iniciarse la aplicación de la ley de Libertad Sexual, más conocida como ley del “sí es sí”.


Bautizado como Joaquín Rodríguez Ortega a comienzos del siglo XX, torero gitano, trianero, fue conocido a lo largo de su carrera como Cagancho, pues así, con ese nombre, se apodó a su familia paterna, Los Caganchos, célebre saga de cantaores. Tomó la alternativa en 1927 de la mano de El Gallo y fue célebre por sus espantadas, que alternaba con tardes de gloria. Tanto fue así que una de aquellas se convirtió en expresión popular de fracaso. Fue en la localidad de Almagro, donde tuvo una actuación lamentable, intentando matar al pobre toro una y otra vez sin conseguirlo. Las crónicas dicen que al toro, entre él y sus subalternos, no lo mataron: lo asesinaron. Cagancho acabó siendo detenido por la Guardia Civil, acusado de escándalo público y responsable del alboroto organizado, en cuyo apaciguamiento tuvo que intervenir un destacamento de Caballería. Tras ello, quedó en el acervo popular el dicho “quedar como Cagancho en Almagro” para describir a quien le ha ido muy mal en alguna acción, con repercusión pública y cabreo generalizado, como símbolo de fracaso.

Como Cagancho en Almagro quedó la ministra de Igualdad, Irene Montero, tras iniciarse la aplicación de la ley de Libertad Sexual, más conocida como ley del “sí es sí”: la rebaja de condena, en algunos casos excarcelación, de delincuentes presos, ha enojado por igual, salvo a los más integristas de su cofradía, a toda la sociedad española y sorprendido al resto del mundo. Lo cierto es que su ineptitud, al no prever que la ley podía suponer una revisión de condenas por abusos y agresiones sexuales, posibilidad que fue anunciada y denunciada durante su tramitación, quedó de manifiesto. Tan sencillo fue de evitar como introducir una disposición adicional, algo que no se hizo, no se sabe si por soberbia, lo cual, vistas sus consecuencias, sería suficiente motivo para dimitir, o por incompetencia, que no sé qué es peor.

Esta semana, tras un duro enfrentamiento con una diputada de VOX, Carla Toscana, en un debate que nada tenía que ver con el asunto, la ministra salió del Congreso dolida y profundamente afectada por los inadmisibles insultos recibidos, pero seguramente también por haber explotado la carga de tensión acumulada al comprobar su error. La diputada de extrema derecha aseguró que su único mérito era “haber estudiado en profundidad” a Pablo Iglesias, líder emérito de Podemos y pareja de la ministra, a lo que ella respondió acusando de fascistas y de ejercer la violencia política a VOX. Una vez más, radicalización y violencia verbal. Una vez más todos responsabilizando de lo malo al resto, sin asumir responsabilidad propia alguna. Una vez más, todos, y no solo la ministra negada, como Cagancho en Almagro.


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