Cómo ligar en la Rusia del siglo XIX gracias al palacio del Infantado
En octubre de 1856 Alejandro II envió dos cartas a Isabel II anunciándole su advenimiento al trono ruso, pretendiendo con ello restablecer las relaciones diplomáticas con nuestro país.
Tras la llegada de las cartas, la reina Isabel eligió a Mariano Téllez-Girón, XII duque de Osuna y XV del Infantado, para que fuera el encargado de llevar la respuesta de la reina al nuevo zar.
La misión, encabezada por el duque, tenía como secretario a Juan Valera -el conocido autor de la novela Pepita Jiménez- y como ayudante al coronel Quiñones. Todos los costes ocasionados en este viaje corrieron a cuenta del duque del Infantado, el cual no permitió que el Estado costeara sus gastos. Y es que Mariano destacó toda su vida por gastar grandes cantidades de dinero. De hecho, fue el causante de la ruina de la casa ducal. Debido a su excesivo tren de vida y a sus múltiples excentricidades, fue capaz de echar a perder –aunque nos parezca increíble- el patrimonio y el dinero de las dos grandes familias que representaba: Osuna e Infantado.
Algunos de los camellos que el duque del Infantado tenía en la Alameda de Osuna, Madrid. Fotografía de Charles Clifford.
La presencia de Juan Valera en este viaje es importantísima para nosotros, pues nos dejó multitud de información del mismo en forma de cartas que enviaba a sus amigos de España durante los años que duró su estancia en el país ruso, ya que el duque del Infantado se encontraba tan a gusto allí que no quería volver a nuestro país.
En sus cartas Valera relata los aspectos más cotidianos del viaje, explicando cómo era la vida en aquella época y cómo vivieron esta aventura los españoles. Por ejemplo, sabemos que cuando llegaron a Varsovia el 30 de noviembre iban tan “empellejados” debido al frío que, al bajar en una estación del camino unos perros casi muerden a uno de los integrantes del grupo al confundirlo con una “alimaña de los bosques”, y que el duque gastó, para él y para sus criados, tres mil francos en pieles que les protegieran de las inclemencias meteorológicas.
Mariano, interesado en las posibilidades que ofrecía la recién descubierta fotografía -el primer procedimiento fotográfico, el daguerrotipo, apareció en 1839-, contrató, el mismo año en el que se produce el viaje a Rusia, al fotógrafo británico Charles Clifford para que inmortalizara los símbolos de ambas casas ducales: el palacio de la Alameda de Osuna en Madrid y el palacio del Infantado en Guadalajara.
Mariano Téllez-Girón, XII duque de Osuna y X duque del Infantado.
Con estas fotografías se realizó un álbum que contenía varias imágenes de estos edificios, incluyendo en algunas de ellas a las personas que trabajaban para el duque, así como sus jardines o animales, como es el caso de los camellos que tenía en el parque de El Capricho de la Alameda de Osuna. Se mostraba también el arte custodiado en estos palacios, ya que Clifford realizó tomas de pinturas de Goya que pertenecían a las colecciones artísticas. Hasta se incluyó una fotografía del Fuerte de San Francisco de Guadalajara, por estar en él la iglesia que custodiaba la cripta ducal, lugar de enterramiento de los Infantado hasta la invasión napoleónica de la ciudad.
Pero Mariano tenía un plan para ese álbum tan especial. Se lo llevó con él a Rusia para mostrar –y demostrar- su poder a través de la fotografía, de la imagen. Y gracias a Juan Valera y a una de sus cartas hemos conocido un curioso episodio sobre él:
“El duque trae consigo, y ha enseñado aquí a muchas damas, un álbum de fotografías que representan los jardines de La Alameda, su palacio de Guadalajara y otros castillos. Las señoritas, sobre todo las demoiselles d’honneur [damas de honor], abren cada ojo como una taza al ver ces châteaux en Espagne [estos castillos en España].”
Fachada del Palacio del Infantado. Fotografía realizada por Charles Clifford en 1856.
Y es que el duque Mariano utilizaba el palacio del Infantado para intentar enamorar a alguna que otra joven rusa. Valera cuenta que el duque se lamentaba y se hacía pasar, “con fingida tristeza”, por un hombre desgraciado que se sentía solo, cuya ilusión sería casarse para poder pasear por sus posesiones del brazo de su amada, ya que no tenía con quién hacerlo al estar soltero. No sabemos si la estrategia funcionó, pero sí que nuestro palacio llegó a ser visto y admirado en la gran Rusia del siglo XIX.