El incendio del Palacio de la Cotilla y el duque del Infantado


A principios del siglo XX los duques del Infantado residían en Madrid, en el conocido como “palacio árabe”. Este palacio comenzó a levantarse en el Paseo del Prado a mediados del siglo XIX por mandato del financiero catalán José Xifré.

 Ubicado frente al Museo del Prado, recreaba una lujosa residencia árabe, fruto del gusto por el orientalismo que imperaba en la época. Pasear por sus estancias era como hacerlo en la propia Alhambra, y era uno de los palacios más impresionantes y deseados de todo Madrid. Actualmente desaparecido, su lugar lo ocupa el Ministerio de Sanidad.

En la década de 1910 el palacio Xifré fue adquirido por Joaquín de Arteaga y Echagüe, XVII duque del Infantado, convirtiéndose en la residencia familiar. Sin embargo, años después, Íñigo, el hijo mayor del duque, ingresó en la Academia de Ingenieros Militares de Guadalajara, y toda la familia se trasladó con él a nuestra ciudad. Ciudad que, en palabras de Cristina de Arteaga, hija del duque, “volvía a ocupar un puesto en la vida de los Infantado”.

No volvieron al palacio del Infantado, ya que en 1879 se había transformado en colegio para huérfanos de guerra a través de la venta-donación que hizo el XV duque, Mariano Téllez-Girón, al Estado. Por este motivo, los duques no podían disponer de él como residencia, pero el marqués de Villamejor, que era hermano del conde de Romanones, ofreció su palacio para que habitaran en él mientras estuvieran en Guadalajara. De esta manera el conocido como palacio de la Cotilla se convirtió en el hogar de los duques del Infantado por un tiempo.

Estado del interior del palacio tras el incendio. Fotografía aparecida en la revista Mundo Gráfico que muesta la escalera principal. Noviembre de 1920.

Una noche, mientras toda la familia dormía en él, se produjo un incendio en una de las vigas del edificio, propagándose el fuego por todo el tejado y destruyendo gran parte del palacio. Gracias a unos transeúntes que pasaban por allí se evitó un mal mayor, ya que vieron el fuego y pudieron gritar para dar aviso.

El desastre ocurrió el 8 de noviembre de 1920, y según cuenta la prensa de la época, desde los primeros momentos acudieron rápidamente las autoridades, numerosos obreros, los ingenieros militares e incluso personal de Madrid con una bomba automóvil, escaleras y mangueras. La revista ilustrada Mundo Gráfico ofreció a los pocos días del accidente un reportaje que incluía fotografías con los desperfectos. Además de los destrozos del propio edificio, en la crónica se hace mención a la pérdida de una valiosa vajilla de plata, la cual acabó fundida debido a las altas temperaturas alcanzadas en la sala donde se guardaba. Se calculó que las pérdidas originadas por el incendio ascendían a unas doscientas mil pesetas.

A pesar del susto, no quiso el duque dejar pasar la oportunidad de agradecer a la Academia de Ingenieros toda la ayuda prestada durante el siniestro. Por ello, regaló cinco sables de honor para los alumnos, y ofreció una comida extraordinaria para las tropas. Para corresponder, la Academia organizó un banquete en honor al duque del Infantado, el cual posó alegremente con los jefes y oficiales de la misma en una fotografía que quedó como recuerdo de esta inolvidable jornada.

El público examinando el estado del palacio de Villamejor tras el incendio del 8 de noviembre de 1920.

Parecía que los duques se habían quedado sin hogar en Guadalajara, pero se ofreció a la familia asilo en el propio palacio del Infantado. Cristina de Arteaga, la hija del duque a la que nos hemos referido anteriormente, relata así la llegada de la familia: “y así entraron por gracia en el cuarto de los Salvajes y en sus aledaños los hijos de aquellos señores que construyeron y magnificaron el palacio alcarreño”. Los Infantado volvían al que nunca dejó de ser el símbolo familiar, el palacio que representaba –y aún hoy representa- uno de los mayores linajes de nuestra historia.

Banquete ofrecido por la Academia de Ingenieros a Joaquín de Arteaga, XVII duque del Infantado (centro). Fotografía aparecida en la revista Mundo Gráfico. Diciembre de 1920.

Pero el duque no estaba contento allí, ya que, según su parecer, estaban de prestado. Por ese motivo decidió comprar su propia residencia en la ciudad, adquiriendo uno de los ya desaparecidos palacios que se encontraban en la plaza Beladíez. Decorado por el duque con muebles isabelinos y tapices flamencos, en él recibieron visitantes tan distinguidos como el rey Alfonso XIII, su esposa María Victoria de Battenberg o su madre María Cristina de Habsburgo, volviendo a contar Guadalajara con sus notables duques entre sus calles y moradas.