Un souvenir para lady Holland
Viajar para conocer otros países ha sido una actividad muy practicada a lo largo de la historia. Desde finales del siglo XVII y hasta el XIX se puso de moda el viaje como aprendizaje, como formación del individuo.
Se trataba del Grand Tour, un viaje emprendido por los jóvenes aristócratas europeos cuyo destino final era Italia. A lo largo de esta aventura, y acompañados de su tutor, accedían a la vida adulta conociendo las costumbres, el modelo político, la cultura, la historia y otros elementos clave de los países que visitaban.
Era muy común enviar a esta especie de Erasmus a los hijos varones; más raro era encontrar jóvenes féminas que realizaran este rito iniciático, aunque también las hubo. Una de estas mujeres viajeras fue la inglesa Elizabeth Vassall-Fox, convertida en lady Holland al casarse con Henry Richard Fox, III lord Holland. Nacida en Londres en 1771, hizo el Grand Tour en 1791. Una década más tarde visitó nuestro país, atraída por el clima y las costumbres españolas. Se convirtió, de este modo, en una de las primeras mujeres viajeras que visitaron España, antes incluso de que la península fuera el destino preferido por los viajeros románticos, los cuales veían en nuestro país una estética, un pintoresquismo y una historia únicas.
Escena histórica en el Palacio del Infantado de Guadalajara, 1837.Valentín Carderera. Museo Lázaro Galdiano.
Sus viajes a España han sido (y siguen siendo) de gran utilidad a los historiadores, pues lady Holland dejó anotadas en sus diarios todas sus impresiones, así como abundantes descripciones de lugares y personajes con los que se relacionaba. Lo que en un principio iba a ser un diario personal acabó siendo publicado en 1910 bajo el título de The Spanish Journal of Elizabeth lady Holland.
Unos de los grandes amigos que hizo en sus viajes fueron los IX duques de Osuna, Pedro de Alcántara Téllez-Girón y María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel. Eran los abuelos de Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Beaufort Spontin, quien unió en su persona las casas ducales de Osuna y del Infantado en el siglo XIX. Los IX duques eran unos grandes intelectuales. Afrancesados, construyeron el palacio de la Alameda de Osuna a las afueras de Madrid, rodeado del jardín de El Capricho. En este palacio de recreo se daban lugar unas interesantes tertulias con los grandes personajes de la época, como el escritor Leandro Fernández de Moratín o el pintor Francisco de Goya, de quien los duques eran mecenas.
Entre estos invitados se encontraba el matrimonio Holland. La relación permaneció en el tiempo, incluso cuando los duques ya habían fallecido, pues los ingleses siguieron teniendo lazos de unión con el nieto y sucesor del ducado.
Retrato de lady Holland con su hijo, 1794. Louis Gauffier.
Prueba de ello es el regalo que el XI duque de Osuna decidió hacer a estos amigos de la familia: unas vistas del palacio del Infantado y del castillo de Benavente. Y es que, para aquel entonces el duque de Osuna estaba convencido de que iba a heredar de manos de su tío abuelo el ducado del Infantado, hecho que finalmente ocurrió en 1841. Unos años antes, en 1838, ya quiso dejar claro el lugar que iba a ocupar en la historia, y fue entonces cuando encargó desde París a su amigo el pintor Valentín Carderera “dos grandes dibujos de vistas del palacio del Infantado y de Benavente para regalar a lord y lady Holland”, según escribe el pintor en su diario.
El XI duque de Osuna y futuro XIV duque del Infantado quiso regalar a sus distinguidos amigos la representación de las posesiones más preciadas de ambas casas ducales, dejando claro su poder sobre ellas y legitimando su posición en la sociedad. De este modo, nuestro palacio viajó hasta Londres en forma de souvenir para que los Holland recordaran su paso por los lugares más espectaculares de España y los tuvieran siempre presentes.
The Spanish Journal of Elizabeth lady Holland, 1910.
Desconocemos cómo eran estos dibujos, ni siquiera si siguen existiendo a día de hoy, pero conservamos otros ejemplos del mismo autor que representan nuestro palacio. Entre ellos, el dibujo que atesora el Museo Lázaro Galdiano y que muestra el interior del Infantado en la recreación de una escena histórica ambientada en el siglo XVI. Y es que Valentín Carderera también se enamoró de nuestro edificio más emblemático, dejando plasmada su belleza en varias ocasiones.