Los III condes de Romanones: un amor de película


Madrid, 1944. Ella, una espía norteamericana de la OSS (el precedente de la CIA). Él, un conde amante del arte y las antigüedades, ingeniero industrial y miembro de unas de las familias más importantes de España. Y, entre ellos, una historia de amor digna de película.

Luis Figueroa y Pérez de Guzmán el Bueno y Aline Griffith se conocieron cuando ella llegó a España para llevar a cabo su misión: introducirse en el mundo de la alta sociedad madrileña para, desde dentro, investigar a los nazis que se hallaban en la capital durante la II Guerra Mundial.

 Para llevar a cabo su trabajo, Aline se hospedó en el Hotel Palace. Tras registrarse, un joven le ayudó con sus maletas, llevándolas hasta su habitación. Aline, pensando que era el botones, quiso darle una propina, pero él la rechazó.

Cuando Aline comenzaba a codearse con lo más granado de la sociedad española, fue invitada a una fiesta. Allí le presentaron a los invitados, entre los que estaba el joven de las maletas. Se trataba de Luis Figueroa, el por aquel entonces conde de Quintanilla. Aline se avergonzó al recordar que quiso dar propina a un conde.

Aline Griffith y Luis Figueroa en una una fiesta.

Luis era el novio de una amiga de Aline, y, aunque prácticamente estaban comprometidos, vio algo en ella que le hizo invitarla siempre que tenía ocasión a pasar tiempo juntos, en cenas o fiestas a las que acudían con más amigos. Nadie sabía a lo que realmente se dedicaba Aline.

Un día, Luis la invitó a comer. A solas. Fueron a un restaurante y salieron a bailar. Cuando la música terminó, seguían cogidos de la mano. Tras unos minutos de tensión, Luis le dijo que se marchaba a San Sebastián a ver a Casilda, su novia. Dejaron de verse y el tiempo siguió pasando. Aline recordaría años después: “Me detestaba a mí misma por ser tan idiota. Yo sabía que nuestro romance era solo un bello sueño que nunca se haría realidad”.

Pero se equivocaba, porque Luis volvió. Había viajado para romper su relación con Casilda y estaba dispuesto a pasar el resto de su vida con Aline, de la que estaba profundamente enamorado. Pero el destino, que es caprichoso, iba a jugar un poco más con ellos. Un telegrama urgente destinaba a Aline a París para continuar con su trabajo, y tuvo que partir sin Luis.

Anuncio del compromiso de Aline Griffith aparecido en The New York Times el 13 de diciembre de 1946.

Él no se dio por vencido y fue con su padre a visitarla. Cuando llegaron al hotel de Aline, ella había dejado la habitación. Tuvo que volver a partir en misión, en esta ocasión a Zúrich, y no había podido avisarles. Enfadado y sin comprender nada, Luis volvió a España y no quiso saber nada de ella. Aline consiguió permiso para ir a Madrid, y arregló las cosas con él. Cierto día, estando en una capea, Aline fue envestida por una vaquilla a la que toreaba, y Luis, asustado, le pidió matrimonio al rescatarla. 

Aline envió un telegrama a Nueva York para comunicar que abandonaba su trabajo con efecto inmediato para casarse. Y le contó a Luis a qué se dedicaba realmente. Él pensó que era una broma, pues no creía que su mujer había sido una espía.

Aline Griffith el día de su boda con un vestido de Balenciaga.

Para poder casarse, antes había que contar con el permiso del abuelo de Luis: el mismísimo conde de Romanones, quien pidió tener una conversación con Aline. Cuando hablaron, comunicó a su nieto que el matrimonio contaba con su bendición, y la boda se celebró el 26 de julio de 1947 en la iglesia de San Fermín de los Navarros, en Madrid. Durante un año disfrutaron su luna de miel visitando Roma, Capri, Venecia, París, Londres y Estados Unidos. A su vuelta, ya esperaban a su primer hijo. 

Con el tiempo, Luis heredó el título de su abuelo y ambos se convirtieron en los III condes de Romanones. Pero comenzaron los problemas de salud para él. Los médicos nada pudieron hacer por su vida, y falleció en 1987 a los 69 años. Aline se quedó abatida, y le costó salir del pozo al que cayó tras la muerte de su gran amor. Falleció en 2017 con 94 años. Ambos están enterrados en el panteón familiar del Cementerio Municipal de Guadalajara, donde permanecen juntos para toda la eternidad.