14/12/2019 / 12:22
Marta Velasco


Imagenes

Compras de Navidad

Confieso mi incapacidad para decidir y mi estrés para comprar sin saber qué. Nunca me decido y cuando lo hago, ya no queda.


Esta mañana he regresado de Sigüenza embutida en una espesa niebla. La catedral era un enorme fantasma algodonoso y apenas se podían ver los coches que iban delante. Despacito he cruzado hacia el invierno o hacia el limbo. Me encanta la niebla, no para viajar en coche, pero si para dar un paseo entre las nubes por una blanca y silenciosa Alameda.

  En cambio, no me gustan las navidades. Así dicho parece que soy el señor Ebenezer Scrooge, aquel avaro creado por Dickens, que odiaba la Navidad por causas más que justificadas, pues cada año por estas fechas le visitaba su socio muerto para pedirle los beneficios del negocio, además de otros fantasmas pavorosos. Yo no tengo visitas fantasmales, pero echo de menos a los que la celebraban conmigo hace mucho tiempo y, además, las compras navideñas me matan. 

Confieso mi incapacidad para decidir y mi estrés para comprar sin saber qué. Nunca me decido y cuando lo hago, ya no queda. Comprar es complicado, solo es fácil si eres el tío Gilito o la generosa abuela de Sostres, pero, para una señora corriente como yo, las posibilidades de dejar contentos a todos es el resultado de un esfuerzo titánico. Me pregunto qué ha sido de los Reyes Magos, que eran los encargados de traer regalos a medio mundo y de Papá Noel, ese señor vestido de rojo, que iba con los renos repartiendo regalos e ilusión a otro medio planeta. Hoy, en medio de la niebla, les he reprochado este abandono laboral, más propio de liberados sindicales que de personajes navideños serios.

Querría poder regalar alguna maravilla sorprendente sin arrastrarme por tiendas y mercadillos. Un Aleph, el que describe Borges, situado en la escalera del sótano de la casa de Beatriz Viterbo, descubierto por su primo Carlos Argentino; o un kiosco de malaquita al borde del mar, en honor a mi hijo que, cuando tenía seis años, escribió su primera carta a los Reyes pidiendo un gran manto de tisú, - mi padre le recitaba a Rubén Darío - un balón y la tarjeta del Corte Inglés.  

Hay en mi vida bastantes cosas buenas, tengo salud y amor, así que solo he pedido que me toque la primitiva, una concesión a lo material encomendada a mi tía Marisa, que fue tan binguera.

El año pasado, como regalo navideño, uno de los nuestros nos invitó a pasar esos días en Dubái, mi primera incursión en Oriente. Y allí fue todo distinto y genial, navidades orientales como las del Niño Jesús, todos juntos, con calor. En el desierto está más ambientado el humilde nacimiento de Dios, pastores, camellos y reyes magos en sus Ferrari; allí estaba la auténtica estrella de oriente, aunque no brillaba tanto como la de la noche de Reyes en Sigüenza. Una nochebuena única, ante el prodigio del Burj Khalifa, con los juegos del agua derramándose entre rascacielos mientras cantaba Pavarotti. Una cena de sabores exóticos, deliciosos dátiles, pero nada de jamón.


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