06/03/2021 / 17:47
Antonio Yagüe


Imagenes

Contando muertos

Las estadísticas de Sanidad, con más maquillaje que Lucy Boynton, suman 70.000 fallecidos. Las oficiosas elevan la tragedia a 100.000.


En la pandemia de nunca acabar, con políticos a río revuelto, indiferencia y controversia sobre los muertos, he recordado a un molinés apodado el Cuentamuertos tras su paso por la milicia. Indagué. Se debía a su destino durante la guerra civil de 1936, donde se encargaba del recuento de bajas, la anotación oficial, y la telegráfica comunicación a los allegados. Hombre de cierta cultura (fue seminarista), le desagradaba el mote y agradecía cuando lo abreviaban a Cuenta o usaban otro suyo, Miguelón.

Están mejorando las fatales estadísticas, también en la comarca, que falta hacía. Pero enero y febrero han sido terribles. Ha habido días de más de 400 muertos por coronavirus en España. Como si cada 24 horas se estrellase un Jumbo. Con un censo de apenas 25 millones, la media durante la contienda fue de 500 o 550 muertos diarios, según quien haga la cuenta.

El recuento irá para largo. No será por falta de medios. Se dispone del famoso MoMo del Instituto Carlos III, sistema establecido por Ana Pastor en 2003 cuando la mortífera ola de calor, del INE, los registros civiles y las funerarias y aseguradoras. Pero nadie quiere, como reza el dicho popular, cargar con los muertos.

Las estadísticas de Sanidad, con más maquillaje que Lucy Boynton, suman 70.000 fallecidos. Las oficiosas elevan la tragedia a 100.000. Tantos como murieron en la guerra de Cuba, 47.114 menos que en la gripe de 1918 o cinco veces los que perdieron la vida en las desastrosas campañas bélicas de Marruecos.

El número de muertos, como cuando registraba Miguelón, se toma ya como una “rutina” diaria. A veces el fallecido ha de esperar en una cámara a que la familia supere el contagio para incinerarlo o enterrarlo. Es dura la imposibilidad del último adiós a un ser querido que ingresó en el hospital y es devuelto en un ataúd envuelto en tres sudarios de seguridad.

La insensibilidad no evita que podamos ser la próxima cifra de ese registro de víctimas sin rostro. Seguimos teniendo una mortalidad propia de una guerra. Pero hay que salvar la Semana Santa. Ya veremos.


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