Conversación sobre nada

02/05/2026 - 13:07 Marta Velasco

Sabemos que, por culpa de la polarización, una conversación sobre nada se puede convertir en un desencuentro y a la primera cualquiera te llama facha sin hacerte ni un mal un test. 

Últimamente da miedo hablar con alguien que no sea muy conocido y de cuyas ideas, políticas, religiosas, sexuales, sociales, o simplemente, de sus gustos literarios, cinematográficos o alimenticios, no estemos completamente seguros.

La antigua charla del ascensor, qué frío hace, a ver si llueve, qué calor … se ha vuelto el mejor tema de conversación siempre que no estemos muy seguros del terreno que pisamos. La polarización ha conseguido que todo el que no coincida contigo puede ser un posible enemigo. O un posible sospechoso.

Cada día salgo a andar con una amiga que tengo desde la adolescencia. Damos una vuelta de un par de horas, antes ella tiraba de mí, porque tiene las piernas más largas y ahora, a veces, yo tiro de ella, porque está desmotivada. Hablamos de nuestra salud, de la familia, antigua o reciente, de algún problema cotidiano y comentamos la actualidad política porque casi siempre coincidimos; hablamos de amigos comunes, ¡de cocina… Uy! Ahí ya empieza la discordia, a mí me gusta el picante y a ella no.  Y hay veces que, solo por eso, tonta y momentáneamente, nos sentimos distanciadas. Pero enseguida damos marcha atrás porque sabemos que, por culpa de la polarización, una conversación sobre nada se puede convertir en un desencuentro y a la primera cualquiera te llama facha sin hacerte ni un mal un test. Quiero decir que se acabaron las disputas acaloradas con amigos hasta las cuatro de la mañana y la saludable escaramuza con nuestro marido que acababa en tablas.

  Voy  a una peluquería cerca de casa, el dueño, ya jubilado pero activo, es como yo, alcarreño, él de Sacedón y yo de Sigüenza. Su hija estudió Filosofía pura y piano y es la que lleva el timón de la peluquería. Pues las mejores conversaciones las tengo mientras me peinan. He descubierto que el jefe va a cumplir mi edad y entre mecha y mecha hablamos de la vida y de la muerte y nos reímos sobre nuestros planes mortuorios. Su hija y yo tenemos gustos afines: las dos disfrutamos leyendo a Clarice Lispector y a las dos nos ha encantado el final del libro de la nobel Han Kang La Clase de Griego; nos gusta la decoración y las minimalistas piezas de Sati para piano. Creo que en todo lo demás disentimos, pero no importa.  Esta peluquería mola, que le den a la polarización.