11/10/2020 / 12:50
Javier Sanz


Imagenes

Corinna Hood

Una mujer despechada acude al confesionario del padre Inda para confesarle que, oiga usted, la reina le miraba mal.


En en esto llegó Inda, con Cerdán, para encerrarse con Corinna en la suite Shuterland del hotel The Connaught. Pelotazo se llama en el argot periodístico. Una dama de negro que aparenta en solitario más de los 56 cumplidos, un cirujano plástico que no ha estado fino, unos labios que entornan pero no cierran. Demasiado pronto para estirar el pellejo y siliconar lo que las señoras de cuna sellan con su propio colágeno y su innata discreción. Ay, dama, dama, de alta cuna de baja cama, señora de nadie, amante de un vividor. 

Cámaras listas y acción. Corinna se reviste de Robin Hood para contarnos la película que ya saben hasta los nietos que todavía no tengo: que los borbones son de suyo inquietos de ingle, vaya novedad, también para ponerse a salvo ahora que se ha dado cuenta de que el pikolín en el que contorsionaba era la metáfora del patíbulo y una noche de resaca creyó ver bajo la cama el cubo que recogió la cabeza de María Antonieta. Ahí se le revolvieron las dos sangres que había mezclado en sus venas como una gitana, la suya y la azul, que suele provocar reacciones anafilácticas, como mucho dos o tres casos diría Simón, o sea, que palma todo el mundo. Corinna parece la empleada de Sánchez, el socio de uno con moño, puritana acusadora porque si hay que excomulgar al emérito para eso está Richelieu Redondo a cinco metros del despacho del presidente asociado para recoger el sobre y presentarse peinadito en el Vaticano y decirle a Su Santidad que esto, en un monarca, no se puede consentir. 

Tanto malabarismo, tanto funambulismo, de una ministra de Educación que hace que revisa pero no revisa los planes docentes y sólo está al aprobado general de cuando se jubilaban los catedráticos. Revise, señora, las Humanidades. Nada hay más cierto que la Historia, con mayúscula, no la historia que es histeria, la pregonada como las coplas de ciego con banderitas de colores por los balcones y siete apellidos en cada hijo de autonomía. Revise la bibliografía de esta España, que sigue siendo machadianamente la de Frascuelo y de María, y comprobará que lo de Corinna de los Bosques es una beatería comparada con el álbum Los Borbones en pelota, que no hubo éstas para publicarlo hasta 1991.

Qué cosas. Por tierra, mar y aire canta una Corinna en nombre de las otras mil cuatrocientas noventa y nueve, una mujer que no quiso formar parte del harén y cuando fue a vestirse de luto creyó ver los ojos del espía en el fondo del armario. Una mujer despechada acude al confesionario del padre Inda para confesarle que, oiga usted, la reina le miraba mal. Mientras tanto, el monaguillo Cerdán toca las campanas por la conversión de piadosa que está a un paso de ingresar en la clausura de un pueblo de La Mancha.

Estábamos ayunos de procesiones, tan nuestras. Ni Semana Santa, ni San Fermín, ni el Corpus, ni San Roque, ni la Virgen del Pilar que ha anulado Sánchez para que no le pongan en la Castellana como a los alumnos de Alcalá en el XVI y en el XVII, de gargajeada chupa de dómine. Estábamos ayunos y nos han soltado a Corinna de los Bosques escoltada por dos maceros, para regocijo del pueblo, y ahora España es toda una Estafeta asomada al balcón lanzando confeti a su paso. Hay tal algarabía que no se oyen detrás las cifras del paro, ni las del déficit, tampoco las de los muertos. Y en Colliure, el esqueleto de don Antonio se revuelve en una caja de pino y murmura lo que le escribió a Giner: Yunques, sonad; enmudecer, campanas.       

Pero, que si quieres arroz, Catalina. Ni aun en éstas.


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