26/06/2020 / 20:45
Jesús de Andrés


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Covidiotas

Es sabido que las teorías de la conspiración, lejos de desaparecer, se propagan más que el virus.


Como en los malos chistes, van Miguel Bosé, monseñor Cañizares, Enrique Búnbury y José Luis Mendoza, director de la fundación propietaria de la Universidad Católica de Murcia, y hacen un concurso a ver quién dice la mayor burrada sobre el coronavirus. El primero, antaño abanderado de la ceja, despotrica contra Pedro Sánchez criticando la que según él es la gran mentira de los gobiernos, que ocultan la relación entre el virus, las campañas de vacunación y la red 5G, el internet de las cosas. Monseñor Cañizares va más allá al sostener públicamente que la vacuna contra el covid-19 se está “fabricando a base de (sic) células de fetos abortados y es obra del diablo”. Búnbury se alinea con su colega de profesión, y con Trump, para cargar contra la OMS y Bill Gates afirmando que detrás de las vacunaciones hay un plan para dominar el mundo. Mendoza asegura, en línea con los anteriores, que Gates y Soros -a quienes llama “esclavos y servidores de Satanás”- nos quieren implantar “chis” (microchips) para controlarnos, sosteniendo que el coronavirus es una enfermedad causada por “las fuerzas oscuras del mal, del Anticristo y de quienes le sirven”. ¿Alguien da más?

Es sabido que las teorías de la conspiración, lejos de desaparecer, se propagan más que el virus. Todos queremos suprimir la incertidumbre y qué mejor que tener certezas absolutas, por muy absurdas que sean. Los psicólogos lo tienen estudiado hace tiempo: el autoengaño, el sesgo de proporcionalidad (un acontecimiento de gran magnitud requiere una explicación a su medida), el afán de superioridad de quien lo defiende, el sentirse ‘elegido’ para el conocimiento de la verdad… En fin, guiones de serie B o de película de superhéroes, con fuerzas sombrías que ambicionan el poder, frente a la labor callada y a veces insuficiente de la ciencia.

Si estas cuatro personas fueran el inglés, el francés y el alemán del chiste, no tendría mayor importancia, pero se trata de celebridades y personalidades influyentes que tienen millones de seguidores, con capacidad para crear opinión y condicionar a los demás. Piensan que por haber visto un par de vídeos en YouTube o por no tener más lectura que la de un libro sagrado escrito hace miles de años tienen todas las claves de la realidad, esa misma que científicos de todo el mundo tratan de descifrar con las herramientas que dan el estudio, la experimentación y la crítica racional. La idiotez, y es el caso, se combate con instrucción, ciencia y medios de comunicación serios. Me los imagino comiendo juntos, en relajada sobremesa, reforzando sus sesudos argumentos o, mejor aún, compartiendo Blablacar en un largo viaje por carretera. Por un rato, daría cualquier cosa por ser el chófer y poner el oído a sus hilarantes monólogos, dignos del Club de la Comedia.


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