12/03/2021 / 17:15
Manuel Ángel Puga


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Cuando las conciencias duermen

 Son muchos los que quieren imponer el criterio de que no hay verdades absolutas y que todas las verdades son relativas. Según ellos, la verdad depende de las circunstancias en que se ha formulado. 


El célebre pensador y reformador religioso chino Lao Tsé (siglo VI a. de C.) ya advertía, en su “Tao Te King” (“El libro del camino recto”), que el sistema buscaba adormecer, anestesiar las conciencias de los ciudadanos para así ejercer el poder según sus intereses y conveniencias. Y es el caso que, en mayor o menor medida, esta práctica se ha mantenido viva a través de los tiempos. El sistema siempre ha procurado mantener adormecidas las mentes y las conciencias de los ciudadanos, muy particularmente las de los jóvenes.

Lo que busca el sistema es crear una especie de “anestesia colectiva”, esto es, que el pueblo no sea consciente de lo que realmente está ocurriendo, que no sepa la verdad, que no sepa lo que hay detrás de lo que está viendo y oyendo. No somos conscientes de todo lo que ocurre, porque estamos adormecidos, insensibilizados, anestesiados… Vuelvo a señalar que esto ya se ponía en práctica en tiempos de Lao Tsé, quien nació allá por el año 570 antes de Cristo. Por tanto, no es un invento de nuestros días, aunque con el tiempo se han ido perfeccionando las técnicas y los métodos.

Así, la técnica de lanzar bulos, incluido el principio del “miente que algo queda”, genera cierto caos mental en los ciudadanos, al no saber dónde está la verdad. La consecuencia de ello es que surge la tendencia a no investigar las verdaderas causas de los hechos. Se prefiere no pensar, no complicarnos la vida, no meternos en averiguaciones, con lo cual la mente se va adormeciendo, se va aletargando. Una técnica similar es la que podríamos llamar “la información desinformadora”, consistente en que los medios (especialmente la televisión) proporcionan una información que no se corresponde con la realidad de los hechos; con ello se busca mantener desinformado al pueblo, aunque él cree estar bien informado. Esto llega al extremo en los sistemas totalitarios.

Lo anterior crea confusión y contribuye a que triunfen la postverdad y las “fake news” (falsas noticias). Por lo que respecta a nuestro país, cabe recordar que una reciente encuesta ha puesto de manifiesto que la mayor parte de los españoles no sabe distinguir una noticia verdadera de una falsa. El adormecimiento de las mentes hace que triunfe la información infundada y basada en datos inexistentes. El principal objetivo, al igual que en tiempos de Lao Tsé, es mantener desinformado al pueblo. Un ejemplo claro lo hemos tenido en Cataluña. Se pretendió hacer pasar por “presos políticos” a quienes propiciaron un golpe de Estado en toda regla. Y es el caso que miles y miles de ciudadanos (por no decir millones) terminaron creyéndolo.

El actual adormecimiento de mentes y conciencias se ve favorecido por los movimientos defensores del relativismo. Hay muchos interesados en propagar una concepción relativista de la verdad. Son muchos los que quieren imponer el criterio de que no hay verdades absolutas y que todas las verdades son relativas. Según ellos, la verdad depende de las circunstancias en que se ha formulado. Pero es lo cierto que este criterio también ha invadido el ámbito moral y religioso. Muchas verdades que tradicionalmente fueron consideradas como tales, hoy se cuestionan o se niegan.

Una conocida técnica para anestesiar las conciencias es la que utilizó el dictador ruso Lenin, quien sostenía que “una mentira, repetida muchas veces, se convierte en una gran verdad”. La misma técnica la siguió Goebbels, jefe de propaganda de la Alemania nazi y amigo personal de Hitler. Decía: “Una mentira, repetida adecuadamente mil veces, termina convirtiéndose en una verdad”. Esta nefasta técnica no solo se ha aplicado a la verdad, sino también a la moralidad de los actos humanos. En efecto, lo que es considerado como algo malo y censurable, si lo cometen unos pocos, lo vemos como normal y corriente cuando son muchos quienes lo cometen. Un hecho injusto nos escandaliza y hace que protestemos; sin embargo, la repetición continuada de ese mismo hecho nos insensibiliza, nos adormece, por lo que ya no protestamos… Resultó que la repetición del mal lo convirtió en algo aceptable.

Cuando las conciencias duermen no hay sensibilidad ante el mal y el sufrimiento ajeno. Cuando las conciencias duermen estamos anestesiados, por lo que no somos conscientes de lo que realmente sucede a nuestro alrededor. Cuando las conciencias duermen no podemos distinguir la verdad de la mentira, ni tampoco el bien del mal. Todo está confuso… Sin embargo, como ya advertía Lao Tsé, el sistema permanece alerta. Alguien no duerme. Alguien vigila y controla para poder alcanzar los fines propuestos.


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