31/10/2020 / 18:03
Antonio Yagüe


Imagenes

Dame taberna y no hospital

Al pasar por la puerta de Mariano el Tremendo de Milmarcos, Eugenia de Labros o Rafael de Mochales, sobrecoge ese vacío suspendido.


Algunas comunidades han decidido prohibir bares, tabernas y otros lugares de cháchara en los que se trasiega, se ríe, se comen patatas fritas, torreznos, gildas, ensaladilla, esa tortilla que sabe tan rica, huele a café y repican los hielos en los vasos. La esencia de España (antes del virus había uno por cada 175 habitantes) ha sido criminalizada y tendrá que aguantar la carga de lo maldito, lo sucio y lo contagioso.

“España son sus tabernas”, sentenció Teófilo Gautier en su “Viaje a España”, veinte años antes de que un periódico republicano llamado El País defendiera la universalidad de las tabernas madrileñas, aquellas a las que se iba más por pasar el rato que a beber. O que nos sedujera Antonio Díaz-Cañavate con su “Historia de una taberna”.

  Un bar cerrado o abandonado es como una gran lápida de otro tiempo. Pocas cosas hay más desoladoras en nuestros pueblos vaciados. Al pasar por la puerta de Mariano el Tremendo de Milmarcos, Eugenia de Labros o Rafael de Mochales, sobrecoge ese vacío suspendido, la suciedad en el quicio de la puerta, las telarañas, los cristales emborronados por manchas de lluvia, persianas con viejas pegatinas, rejas herrumbrosas… Si uno mira dentro pueden verse carteles de algún trasnochado evento, la barra donde se apoyó el último cliente, botellas polvorientas, vasos fuera de contexto e incluso alguna garrota olvidada.

“Benditos bares”. Con este eslogan nos recordaba una campaña de publicidad que eran importantes para nuestra sociedad. Algunos han marcado nuestras vidas: la primera Mirinda de naranja, la espera hecho un flan de la primera novia, los guiñotes de sobremesa, la fiebre soñadora de los veinte años, cafés, botellines, chatos y cubatas. 

No lo sabíamos, pero todo eso era libertad. No lo valoran bien quienes los precintan argumentando que no son garantía de salud. El decoro del español se pierde en el salón de casa con colegas y el botellón juvenil en parques y jardines. El cerrojazo general supone la mayor traición, la última vergüenza y la disolución de España. “Dame taberna y no hospital”, oí a los viejos de Molina.


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