22/05/2022 / 10:15
José Antonio Alonso/Etnólogo


Imagenes

De cruz a cruz

En la vida tradicional de nuestra tierra y fuera de ella, hubo un periodo de tiempo marcado en el calendario. Es el espacio que va “de Cruz a Cruz”. 


Nuestro actual calendario está basado en los ciclos naturales. Recordemos que, incluso las fechas de Cuaresma y Semana Santa están determinadas por el Domingo de Pascua, que es el primer domingo después de la primera luna llena del equinoccio de primavera. Nuestro refranero está lleno de ejemplos en los que el santoral católico determina el calendario y, antiguamente, la vida de nuestras gentes: Por los Reyes, lo notan los bueyes; Por san Blas, la cigüeña verás; Por san Matías, igualan las noches con los días. Algunas fechas del santoral, como San Miguel, marcaban el comienzo o final de los contratos laborales y la actividad habitual de las familias -Por san Andrés, mata tu res, grande, pequeña o como es, o Para Todos los Santos, siembra trigo y cogerás cardos-.

El refranero  no solo recoge y marca las fechas concretas, como hemos visto, también lo hace con periodos más largos de tiempo: En abril, aguas mil; La primavera, la sangre altera.

Cruz de Cera. Foto: José Antonio Alonso.

En la vida tradicional de nuestra tierra y fuera de ella, hubo un periodo de tiempo marcado en el calendario. Es el espacio que va “de Cruz a Cruz”, desde la fiesta de la Cruz de primavera -3 de mayo-, hasta la fiesta del Cristo en septiembre -día 14-. Ya hablé en su día de esta cuestión, cuando traté el tema de las “Creencias y supersticiones en torno a las tormentas”  (Cuadernos de Etnología, 25). Dado que llevamos tres artículos hablando de los mayos y las mayas y que nos encontramos de lleno metidos en el mes al que la diosa “Maia” acabó prestando su nombre, trataremos ahora de ese largo periodo de tiempo que comienza con una de las fiestas más celebradas de nuestra tierra y de otras comarcas y regiones: la Cruz de Mayo.

Nos encontramos, evidentemente, ante una fiesta cristiana, centrada en el símbolo cristiano por excelencia, pero también muy relacionada con los cultos populares de primavera. De hecho los ritos se confunden y entremezclan. En nuestra tierra, es frecuente el canto de los mayos “a la Virgen” que, en algún caso, llegan a poner a San José como “mayo” de la Virgen. Las cruces de mayo se adornan popularmente con flores y vegetación primaverales y, en algunas localidades, ambas fiestas -mayos y cruces- se encuentran íntimamente relacionadas.

En nuestras tierras agricultoras, el ciclo anual comenzó con la siembra; las botargas cumplieron con su ritual de auspiciar la fecundidad de la tierra que, mediante las tareas de la escarda, quedó ya libre de malas hierbas. Abril lluvioso se encargó de hacer crecer los campos de cereal y, en el mundo de la creencia popular, es ahora cuando el campo necesita la protección de la divinidad  para que la cosecha no marre. 

Imagen de San Isidro. Salmerón.

Nuestros antepasados concebían el cielo cristianizado como el lugar de residencia de la divinidad protectora, pero hay una tradición secular que también ubica allí los antiguos dioses del rayo -Zeus, Júpiter, Thor...- y los demonios y personajes que desencadenaban las temidas tormentas. El investigador molinés SANZ Y DÍAZ, trajo a colación, a propósito de las tormentas,  en uno de sus artículos pioneros (Revista de Folklore nº. 60, 1985), algunas frases de otros autores:  “si bien es cierto que no en todas las nubes preñadas de pedrisco va el demonio, sabido es que sí en algunas de ellas.” (tratadista a caballo entre los siglos XVII y XVIII); y, recogiendo las palabras   del PADRE CASTAÑEDA, en la centuria anterior, añade: “los conjuros de nubes de granizo y tempestades de toda clase, con inundaciones y desbordamientos, son tan públicos en el Reino, que por maravilla no se halla pueblo de labradores y ganaderos donde no tenga el salario dispuesto y una garita en el campanario, o en algún lugar muy alto, para que el conjurador esté más cerca de las nubes y de los demonios, que dicen cabalgarlas, aunque esto no está comprobado, y guardar de piedra el término.” 

Para preservar a nuestras gentes y sus haciendas agrarias de las que dependían, existieron multitud de ritos, de los que ya dejé constancia en su día, algunos de los cuales siguen poniéndose en práctica en la actualidad, como por ejemplo la bendición de los campos que el sacerdote de la comunidad sigue realizando, normalmente  el día de la Cruz de Mayo o la fiesta de San Isidro y, excepcionalmente, en otras fechas como San Marcos (Chiloeches), San Jorge (Miralrío) o San Gregorio (Valdegrudas). Era costumbre generalizada la colocación de cruces de cera benditas, en los cuatro puntos cardinales, para proteger al término contra el pedrisco y las tormentas. Todavía hoy, algunas localidades como Atienza, siguen manteniendo viva esta costumbre, en este caso coincidiendo con la Cruz de Mayo. De hecho algunos de nuestros pueblos de mayor tradición agrícola, como Marchamalo y Cabanillas, siguen celebrando, por estas fechas, sus tradicionales fiestas del Cristo.

Campanario de Madrigal. Foto: José Antonio Alonso. 

En Sienes, antiguamente, se realizaba diariamente, desde la Cruz de Mayo a la Cruz de Septiembre, un toque de campanas -el “tintilinublo”-, para proteger a la localidad de las temidas tormentas. Este toque sustituía al de mediodía o de “ángelus”, en ese periodo en el que la cosecha corría mayor peligro. En Ciruelos del Pinar, parece ser que el toque se realizaba durante el mes de mayo y, en otras localidades, cuando se acercaba la nube portadora de tormentas. Los niños serranos, en algunos lugares, acompañábamos el toque con un sonsonete o retahíla. En Sienes se decía: Tintilinublo,/ que viene nublo/ por la Sierra/ de Valdelcubo./ Los pajarillos cantan,/ las nubes se levantan,/ que viene un torrente./ Más vale Dios que toda la gente.  Francesc LLOP I BAYO y Maricarmen ÁLVARO, ya citaron (“Campanas y campaneros”, 1990) algunos ejemploscon toques de campana preventivos o para auspiciar el buen tiempo en localidades de Salamanca, La Rioja o Aragón.


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