13/11/2020 / 17:37
Jesús de Andrés


Imagenes

Delibes confinado

Se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Delibes y, como le sucediera a Galdós, su conmemoración ha quedado diluida por los acontecimientos.


No es mal lugar la Biblioteca Nacional para estar confinado. Borges imaginaba que el paraíso era algún tipo de biblioteca, un laberinto de literatura y saber. Pero en un año como este 2020, hasta las bibliotecas provocan esa extraña sensación de irrealidad distópica en la que hay que mantener distancia física con los demás, no tocar nada, llevar bien puesta la mascarilla y frotarse las manos como si uno fuera a practicar una cirugía sobre una mesa de operaciones y no a ver libros, fotos y recuerdos de uno de los grandes escritores en lengua española. Como en el 1984 de Orwell o en Un mundo feliz de Huxley, la realidad nos recuerda lo vulnerables que somos, nuestra pequeñez, lo absurdo de nuestra ilusión inmortal.

Se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Delibes y, como le sucediera a Galdós, su conmemoración ha quedado diluida por los acontecimientos. Al igual que los bomberos de Ray Bradbury en Fahrenheit 451 provocaban incendios en lugar de apagarlos, quemando libros, en nuestro mundo al revés la gran exposición sobre el escritor vallisoletano, limitada por las restricciones y los confinamientos territoriales, ha sido más un testimonio de impotencia en la celebración que el gran broche final que se esperaba. Y que conste que es magnífica: un recorrido biográfico y bibliográfico por su vida y obra, por su infancia, su juventud, sus viñetas en El Norte de Castilla -qué buena mano tenía-, sus estudios, sus oposiciones, su llegada al periodismo, su familia, sus primeros libros, sus viajes, su relación con otros escritores, su obra llevada al cine y al teatro, su lucha con la censura, su pasión por el campo, la caza y la naturaleza, su relación con Castilla y sus gentes… No hay tema que Jesús Marchamalo, comisario de la exposición, haya dejado fuera. Todo de forma equilibrada y amena, destacando su forma humilde y honesta de afrontar la vida.

A través de cientos de libros, dibujos, cartas, fotografías, cuadros, carteles y otros objetos, se nos presenta la memoria de sus días y la crónica de su trayectoria literaria, tan cuajada de éxitos y premios: el Nadal, el Nacional de las Letras, el Príncipe de Asturias, el Cervantes. Hasta sus carencias hablan de él: no consiguió el Nobel posiblemente por carecer de la ambición necesaria para ello. Desde los sueños de la infancia, como los de El Mochuelo antes de viajar a la ciudad a estudiar bachillerato en El camino, hasta el balance de la madurez, como el que hace don Eloy al alcanzar la jubilación en La hoja roja, Delibes está en sus personajes. Busquen en su biblioteca particular o adquieran en una librería Los santos inocentes, Cinco horas con Mario, El Hereje o tantos otros títulos, y descúbranlo. Confínense con Delibes.


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