29/01/2021 / 18:54
Jesús de Andrés


Imagenes

Desolados

 Ni el ritmo en las vacunaciones ni las noticias asociadas a la evolución del virus nos permiten la más mínima euforia.


Si no lo han notado ustedes mismos, sí lo habrán percibido en su entorno: del optimismo que traía consigo el cambio de año, de la perspectiva de tener un horizonte de salida para la gran crisis que ha supuesto la pandemia, hemos pasado a una situación de abatimiento, de congoja al hacerse evidente que no va a ser tan fácil como nos las prometíamos. La vacuna fue nuestra gran esperanza, la depositaria de todas nuestras ilusiones y la expectativa de la llegada de tiempos mejores en breve tiempo. Y lo sigue siendo, no nos queda otra ni conviene dejarnos caer en brazos del pesimismo, que sería el reconocimiento de una derrota. Pero no será ni tan rápido ni tan sencillo como se apuntó. De hecho, ni el ritmo en las vacunaciones ni las noticias asociadas a la evolución del virus nos permiten la más mínima euforia. Eso, unido al frío invierno, o, peor aún, a sus zarandeos térmicos, está calando en el ánimo del más pintado.

Peor aún que la tristeza que el futuro más inmediato parece depararnos -una perspectiva de crisis económica y limitación de derechos y libertades- es que hay quien está haciendo su agosto ideológico a costa de desinformar, de lanzar rumores aquí y allá, de crear incesantemente noticias falsas y de aprovechar el miedo, el pesar y la incertidumbre de la inmensa mayoría para desarrollarse, cual virus invasivo, en nuestra realidad. Pescadores en río revuelto que lo mismo cuestionan las medidas impuestas por las comunidades autónomas como parte de una conspiración mundial de sometimiento ciudadano que ponen en entredicho incluso la existencia del virus o lanzan bulos sobre inmediatos escenarios a los que, según ellos, nos llevarán las disposiciones de este plan de manipulación urdido por las autoridades. En este escenario tan sensible, tan desinformado y tan desesperado, crecen como la espuma los dos principales enemigos de la razón: la superstición y la ignorancia. Nada nuevo, pero especialmente peligroso en este contexto, tan necesitado de certezas, de acción con apoyo científico y de huida de tentaciones populistas. 

Si a estas alturas de la película alguien piensa que la solución reside en fórmulas sobrenaturales, en voluntades de seres omnipotentes, en negacionismos indocumentados o en disparates interesados, mal vamos. Información veraz, inversión científica, lealtad y responsabilidad social, ese es el camino. Todo lo demás irá en detrimento de la salida de esta crisis. Lo mismo da que sea el interés partidista de quien aspira a gobernar sin pararse a pensar en las consecuencias de su crítica irresponsable como que sea la ceguera a que conducen los mesianismos falaces que se propagan por las redes sociales. Usted y yo decidimos el camino que queremos transitar. Pese a la desolación que nos pueda embargar, seamos responsables.


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