El Cantar del Mio Cid ¿escrito por un alcarreño?


El Cantar del Mio Cid es una obra espectacular, se mire por donde se mire. Un auténtico retrato sin filtros que nos muestra una de las épocas más apasionantes de nuestra historia

 Ese tránsito entre los siglos XI y XII en los que la situación política de la península ibérica era tan confusa que nadie sabía dónde estaban los enemigos ni los aliados. Donde todos iban contra todos, y donde había espacio para que aparecieran los héroes.

Las hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar, personaje histórico, impresionaron tanto a sus contemporáneos que fueron usadas por los juglares para crear el mayor cantar de gesta de nuestra historia. Estos juglares tomaron al Cid verdadero, y a fuerza de ir contando su vida por las plazas de Castilla fueron añadiendo exageraciones y modificaciones que poco a poco forjaron la leyenda, no siempre fiel a la realidad. 

El Cantar es, por tanto, una obra literaria popular, y anónima, pues los juglares que lo crearon no han dejado huella alguna. Esto ha sido siempre un quebradero de cabeza para filólogos e historiadores, que se han hecho siempre la misma pregunta ¿a quién debe atribuirse su autoría?

Todo lo que sabemos es que fue compuesto a finales del siglo XII, o quizá a principios del XIII, un siglo después de la muerte del campeador, cuando todavía quedaban ecos de sus hazañas en forma de rumores y leyendas, que se habían transmitido de padres a hijos. En 1207 un tal Pedro Abad lo trasladó a un manuscrito que no se ha conservado, pero del que tenemos una copia del siglo XIV, a la que le faltan algunas hojas.

Estatua ecuéstre del Cid en Burgos.

Durante un tiempo se pensó que el autor del Cantar debía ser este Pedro Abad, pero hoy ya se tiene claro que él solo fue un copista (al que debemos estar, sin duda, agradecidos), pero que no aportó nada relevante literariamente hablando. Quedaba, pues, abierto, quién había creado la obra que Pedro Abad había transcrito. Menéndez Pidal sostuvo que el Cantar, por la forma en la que estaba escrito, correspondía a la poesía popular, por lo que había que buscar el autor entre los juglares que iban de pueblo en pueblo, y no entre los eruditos de la época. Es más, su hipótesis es que habría habido dos autores: un juglar de San Esteban de Gormaz, que habría escrito hacia 1110 un Cantar bastante fiel a la historia real del Campeador, y otro, quizá de Medinaceli, que en torno a 1140 cogió la historia del anterior, y le dio unas cuantas exageraciones para hacerla más novelesca.

¿Qué habría llevado a Menéndez Pidal a estas conclusiones? Él mismo nos explica que el Cantar debió haber sido creado en dos momentos distintos (1110 y 1140) y por gente que conociera muy bien la geografía de esas dos zonas, de donde saldrían estos dos teóricos juglares que menciona. Sin embargo, los detractores de esa teoría sostienen que el Cantar también muestra que su autor conocía a la perfección la geografía de otros lugares, como Calatayud. ¿Entonces, qué hacemos? ¿Habría varios juglares, de sitios diferentes, cada uno aportando información sobre su zona, que fueron añadiendo su parte a la obra? No parece muy verosímil, por lo que la teoría de la doble autoría de Medinaceli- San Esteban queda en el aire, por falta de pruebas.

Es aquí donde aparece una nueva hipótesis, que me parece muy interesante: el juglar que escribió el Cantar conocía muy bien dos cosas: el derecho de frontera, y la vida de Álvar Fáñez. Ambas confluyen en un sitio en concreto: La Alcarria. Y siendo más específico, Zorita de los Canes.

La jura de Santa Gadea, que provocó el destierro del Cid.

Desarrollemos un poco estos argumentos: el juglar conocía cómo era la vida de frontera de la época, y cómo se relacionaban los personajes en ese entorno. Una frontera que, en aquellos años, estaba en la actual provincia de Guadalajara. En efecto, el Cid, al ser desterrado, abandona Castilla al cruzar la sierra de Pela y al entrar por Miedes de Atienza, que pertenecía en teoría al reino musulmán de Toledo, pero que en la práctica era un territorio en disputa entre unos y otros. El juglar que nos narra la vida del Cid nos cuenta cómo eran las algaradas, como la de Álvar Fáñez río Henares abajo, nos narra la toma de Castejón por parte de Rodrigo, y su amistad con Aben Galbón, el “moro amigo”. En esas líneas nos explica las dinámicas propias de la vida de frontera, que el juglar conocía bien, pues pocos años después del destierro del Campeador toda la actual provincia de Guadalajara se convirtió en un campo de batalla entre musulmanes y cristianos. Sin duda, alguien que viviera en la cómoda retaguardia no habría sido capaz de dibujar con tanta perfección la vida fronteriza.

Y luego está el asunto de Álvar Fáñez. El capitán castellano tuvo una vida muy diferente a la del Cantar, puesto que nunca fue la mano derecha del Cid. Tampoco fue nunca desterrado. Al contrario, permaneció fiel al rey Alfonso VI, convirtiéndose en el general más importante de sus mesnadas. De hecho, cuando la zona de Guadalajara se convierte en ese campo de batalla que comentamos, el rey asigna a Álvar Fáñez la defensa de Toledo, y le hace señor de Zorita. Una fortaleza crítica para defender el Tajo de los ataques enemigos. Tal fue la relevancia del guerrero castellano, que a toda esa zona de nuestra provincia se la conoció como “La tierra de Álvar Fáñez”, lo que motivó muchas leyendas asociadas a su nombre, como la mismísima conquista de Guadalajara, que ha quedado plasmada en el escudo de la ciudad.

Así pues, parece que el juglar quiso unir a sus dos mitos: al Cid, de cuyas hazañas había oído hablar, y a Álvar Fáñez, defensor del Tajo. Así, creó una vida literaria para el segundo, dándole el apelativo “Minaya”, colocándole como el lugarteniente del Cid, y situando a ambos en un escenario que conocía muy bien: la frontera entre musulmanes y cristianos. A tenor de estos argumentos no parece descabellado sostener que una de las obras literarias más importantes en nuestro idioma sea de origen alcarreño. Y de literatura esta tierra entiende bastante, como pueden demostrar el arcipreste de Hita, el marqués de Santillana, Buero Vallejo o Camilo José Cela, que si bien no nació aquí, supo retratar la Alcarria como nadie.