20/06/2021 / 10:51
Manuel Ángel Puga/Pedagogo y escritor


Imagenes

El canto del mirlo solitario

Pero lo triste del caso es que desde hace varios días la hembra no aparece. El macho vuela solo; se posa sobre una rama y allí permanece largo rato, cantando y esperando que vuelva su compañera…


Desde hace algún tiempo viene anidando en el jardín una pareja de mirlos. Son macho y hembra; lo sé porque desde mi ventana he venido observando cómo uno de ellos tiene el plumaje negro azabache, el pico amarillo y el anillo ocular del mismo color (señales típicas del macho), mientras que su pareja tiene el plumaje marrón parduzco y el pico amarillento pardo, características propias de la hembra. No tengo la menor duda de que son macho y hembra.

Desde que bien temprano abro la ventana del dormitorio, contemplo a la inseparable pareja revoloteando alegremente por los arbustos del jardín y por los tejados próximos. He observado que cuando el macho alza el vuelo, y se posa en un lugar cercano, espera impaciente a que su compañera le siga. Pero si ella se demora en emprender el vuelo, el mirlo está nervioso, moviéndose de un lado para otro hasta que la hembra llega y se posa junto a él.

Con frecuencia oigo el canto del mirlo. Es un canto precioso, sublime, melódico, con un tono aflautado y muy variado. Para mí, el canto del mirlo es uno de los más bellos de cuantos emiten los pájaros. Y me parece uno de los más bellos por cuanto tiene de pausado, de nostálgico y melodioso. Es un canto que posee la virtud de transformarse en sentimiento, si todo él no es ya sentimiento.

Pero lo triste del caso es que desde hace varios días la hembra no aparece. El macho vuela solo; se posa sobre una rama y allí permanece largo rato, cantando y esperando que vuelva su compañera… Sabiendo que los mirlos son monógamos, por lo que, una vez que forman pareja permanecen unidos hasta la muerte, es de temer que la hembra haya muerto.  Resulta impensable que se haya marchado con otro macho. Es una valiosa lección de fidelidad la que los mirlos ofrecen a muchos humanos que rompen con su pareja ante la menor dificultad, sin reparar en que haya hijos pequeños por medio. Nuestro mirlo se quedó sin su compañera, porque la muerte se la arrebató. Solo así se explica su desaparición. No hacen como muchos humanos que se quedan sin su compañera o compañero, simplemente, porque surgió un contratiempo o porque apareció “la tercera” o “el tercero” de turno. ¡Qué valioso ejemplo de fidelidad nos regalan los mirlos!

Estoy seguro de que mientras el mirlo entona su canto triste y melodioso está recordando a su compañera. Recordará cuando, juntos, hacían el nido entre la hiedra del jardín. Recordará que ella se quedaba en el nido, incubando los huevos, mientras él iba a buscarle comida. Jamás le falló en tan importante misión. Y cuando las crías salían del cascarón, sin plumaje y con los ojos cerrados, él y su compañera volaban para buscarles comida… ¡Maravillosa lección de unión y de entrega a la familia!

Los días van pasando y nuestro mirlo sigue solo. Ya es seguro que su compañera está muerta. Así es de cruel la muerte. Él sigue posándose en las mismas ramas en que solía posarse con ella. Sigue con su canto triste y melodioso. Y sigue recordando aquellos cortos vuelos que hacía en solitario para esperar a la compañera con la que había decidido permanecer unido para siempre. No contaba con que la muerte haría acto de presencia, y rompería una unión en la que no hubo contrato alguno ni papeles firmados. Simplemente, hubo un riguroso cumplimiento de los dictados de la naturaleza. 

Yo tengo para mí que los mirlos muestran más sensatez que muchos   seres humanos que se casaron o formaron pareja para luego separarse. Y muestran más sensatez porque no se complican la vida, ni se buscan problemas cambiando de pareja. El tiempo que vivan lo quieren aprovechar intensamente. Algo les dice que será poco, por lo que evitan pérdidas de tiempo y cambios innecesarios de pareja… Si los humanos tuviesen esto en cuenta, no harían los cambios de pareja que vienen haciendo. Y lo que es más grave: no harían el enorme daño que vienen haciendo a sus propios hijos.   Nuestro mirlo, posado sobre la misma rama en que solía estar con su compañera, sigue llamándola con un canto triste, espaciado y melancólico. Pero es a la caída de la tarde, casi entrada la noche, cuando se me antoja que su canto se reviste de nostalgia y se convierte en un lamento fúnebre que rasga el alma… Es la añoranza de un pasado que se le fue para siempre en brazos de la muerte… A veces, oyendo el canto del mirlo solitario, no puedo evitar que las lágrimas acudan a mis ojos.


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