19/12/2021 / 12:50
Araceli Martínez Esteban /Doctoranda UAH en Estudios Interdisciplinares de Género y exdirectora del Instituto de la Mujer en CLM


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El don de la concordia

María de Molina demostró una indudable capacidad para el gobierno: sagacidad para encontrar la ayuda de la Iglesia, negociar con la nobleza y algo fundamental, que fue conseguir el apoyo de un buen número de ciudades.


En este año de centenarios insignes, no podía faltar el de María de Molina, la reina de Castilla que murió hace setecientos años. La escritora y periodista Ángela Vallvey define a la protagonista de esta vindicación como «la reina obstinada», mientras que la hispanista Patricia Rochwert-Zuili afirma que poseía el «don de la concordia».

Lo cierto es que, en una etapa de fuertes conflictos y guerras civiles, fue inteligente para muñir acuerdos hasta con sus peores enemigos, demostrando aptitudes para la negociación y una formidable perseverancia.

Tras la muerte de su marido, Sancho IV, ejerció la regencia de su hijo Fernando IV, consiguiendo respaldos para el rey al tiempo que trataba de apaciguar Castilla y León y mantener la paz con otros reinos, especialmente Portugal y Aragón. 

Asimismo, el destino le había reservado la desgracia de perder a su primogénito, tras cuyo fallecimiento tuvo que volver a tutelar al rey menor de edad, su nieto Alfonso XI, convirtiéndose en una reina-abuela a la que, al menos en dos ocasiones, se le intentó arrebatar la tutela.

La señora de Molina fue hija del infante Alonso de Molina y de la tercera esposa de este, llegando a ser reina consorte durante nueve años al haberse casado con su pariente próximo Sancho ─ hijo de Alfonso X y de doña Violante de Aragón─, aunque eso sí, sin haber obtenido la dispensa papal que legitimara su matrimonio.

La consanguineidad fue un problema para lograr que el Papa aceptara su matrimonio, lo cual supuso una verdadera complicación a la hora de que los derechos dinásticos de su progenie fuesen admitidos, ya que la corona contaba con más pretendientes. Aún así, lejos de amedrentarse, peleó con firmeza para que la sucesión al trono de su vástago Fernando fuese reconocida, como también la validez de su boda.

María de Molina otorgando la carta fundacional del Monasterio de las Huelgas Reales de Valladolid (detalle de su sepulcro).

El caso es que demostró una indudable capacidad para el gobierno (muy superior a la de sus regios descendientes) aparte de lo ya mencionado: sagacidad para encontrar la ayuda de la Iglesia, negociar con la nobleza y algo fundamental, que fue conseguir el apoyo de un buen número de ciudades.

Además de por el señorío de Molina, María Alfonso de Meneses estuvo ligada a Guadalajara a través de sus hijas, Beatriz e Isabel, cuyo cuidado encomendó a otra extraordinaria mujer, María Fernández Coronel, de la que tenemos la obligación de hablar en otra ocasión. Las tres damas se instalaron en Guadalajara, contribuyendo su estancia a una importante transformación urbana de la que hoy en día permanecen el Puente de las Infantas o la Iglesia de Santiago.

Pero no nos desviemos. María de Molina era consciente de que para pacificar el reino y consolidar el poder real tenía que ganarse la amistad incluso de quien se la negaba, para lo cual desplegó interesantes habilidades basadas en la mediación, sin dejar de lado otras estrategias como los enlaces dinásticos.

Pero la baza de María de Molina que más me gusta es el sistema de alianzas femeninas que construyó con otras mujeres nobles, lo cual constituye una demostración de sororidad y de reconocimiento mutuo. Sirvan de ejemplos la abundante correspondencia que mantuvo con la reina Isabel de Portugal, con quien compartió preocupaciones y vivencias, la complicidad con su hermanastra Juana o su vínculo con la ya citada María Fernández Coronel.

Ahora que entramos en la vorágine navideña, ojalá los buenos deseos no se queden en discursos meramente declarativos, sino que sepamos tender lazos de concordia tragándonos el ego personal, social y político. Ceder por el bien común no es una traición ideológica ni perder el amor propio, más bien todo lo contrario. Quizás el espíritu de la Navidad resida precisamente en reconocer cosas positivas en todas las personas y no solo en quienes opinan, rezan, viven y votan como nosotras y nosotros.


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