El honesto viaje por la Alcarria del ilustrado Antonio Ponz en 1769
'El ‘Viage’ de Ponz por la Alcarria- más que ‘a’, porque no era su destino final, sino tránsito obligatorio camino de Cuenca- tuvo lugar a finales de 1769, en torno a la festividad de San Juan.
La literatura de viajes comenzó a desarrollarse en Europa en la Edad Media, si bien vivió dos períodos históricos de mayor actividad y trascendencia en los siglos XVIII y XIX, en tiempos de la Ilustración, primero, y del Romanticismo, después. La Ilustración conllevó un culto al conocimiento, al descubrimiento, al racionalismo y la experimentación, factores que abonaron la aparición de viajeros que después escribieron sus experiencias o de literatos que contaron sus viajes, que parece lo mismo, pero no lo es. Por su parte, los viajeros románticos, hicieron literatura al viajar a lomos de la individualidad y el autodescubrimiento propios de este tiempo y en busca de evasión y exotismo, dos de sus señas de identidad y motivaciones. Guadalajara, en general, y la Alcarria, en particular, fueron paisaje y escenario frecuente de viajes literarios ilustrados y románticos porque para los viajeros literatos o los literatos viajeros de ambas etapas, esta provincia y esa comarca, estando muy cerca de Madrid y, por ello, siendo muy accesibles, siempre fueron consideradas tierras desconocidas, a descubrir y con un punto exótico rural. Si no de pay pay, piña colada y palmera, sí de boina, morillejo-o su rebajado “churú”- y chaparro. Lo exótico no está necesariamente lejano, lo que sí precisa es singularidad y tipismo, y de eso andamos muy sobrados por estas tierras. De gente, más bien escasos.
De los viajes a o por la Alcarria más importantes de la etapa de la Ilustración que tienen especial relevancia y de los que han quedado constancia escrita, vamos a destacar tres: el viaje por la Alcarria, de Antonio Ponz, dentro de su “Viage de España…” (realizado en 1769 y publicado en 1788), las dos cartas sobre su viaje por la Alcarria desde Alcalá a Gascueña (Cuenca), del fabulista Tomás de Iriarte (publicadas en 1897, pero realizado en 1781), y los viajes históricos-arqueológicos por las tierras de Guadalajara, de Cornide (1793-1795). Procuraremos en futuros guardilones dar cuenta de estos tres viajeros y sus respectivos viajes a/por la Alcarria. En esta entrega de hoy, vamos a referirnos al cronológicamente más antiguo, el de Antonio Ponz, y, a mi juicio, también el más relevante de los tres, por su repercusión, la amplitud de su recorrido y la constancia que dejó de él.
Antonio Ponz nació en Bejís (1725)-en algunas biografías aparece como nacido en Torás o en Bechí-, un pueblo castellonense de la comarca del Alto Palancia. Fue conocido como el “Abate Ponz” por sus estudios canónicos y filosóficos, a los que se sumaron después los de bellas artes. Aunque nunca perteneció a la Compañía de Jesús, estudió con ella y recibió su impronta e influencia. Los jesuitas fueron expulsados de España por Carlos III en 1767, al culparles de ser los causantes del llamado “Motín de Esquilache”. Ponz siempre estuvo cerca de ellos, pero supo mantener la distancia suficiente para que el rey que les expulsó, a él le tuviera en especial consideración, le encargara notables trabajos y hasta le distinguiera con una secretaría de su casa real. De hecho, la obra en la que se incluye el tránsito de Ponz por la Alcarria se titula “Viage (sic) de España en el que se da noticia de las cosas más apreciables y dignas de saberse que hay en ella”, firmando los dos primeros tomos con el seudónimo de Pedro Antonio de la Puente y, a partir del tercero, ya con su nombre y apellido y con los cargos de “Secretario de S. M. y de la Real Academia de San Fernando, individuo de la Real de la Historia, y de las Reales Sociedades Bascongada y Económica de Madrid”. En todo caso, Ponz fue “un erudito ilustrado, escritor de literatura de viajes y epistolar, tratadista de arte, académico, pintor, arqueólogo y naturalista” según le atribuye la Real Academia de la Historia. Nihil obstat.
Portadilla del tomo III del Viage de España... De Antonio Ponz en el que pasó por la Alcarria. Ejemplar conservado en la BNE.
El “Viage” de España de Ponz abarcó la práctica totalidad de la península, siendo publicado en sucesivas entregas (XVIII tomos, el primero en 1772 y el último en 1794, dos años después de fallecer en Madrid). La motivación de su viaje, como explica en el largo subtítulo de la obra, fue conocer, inventariar y destacar los monumentos, obras de arte, e, incluso, las circunstancias de vida cotidianas más relevantes que había en España en aquel momento, para conocimiento del mismísimo Carlos III, el rey ilustrado por excelencia. El paso previo de Ponz por Italia, donde vivió casi una década en Roma y algunos meses en Nápoles (en este caso para investigar la huella romana en Herculano y Pompeya), junto a su importante formación e inclinación hacia las bellas artes, le conformaron como un auténtico experto para la tarea que abordó. Por la actual provincia de Guadalajara viajó en dos ocasiones: en el tomo I, se recoge su viaje por la Alcarria, entre Guadalajara y Almonacid, como después veremos, y en el tomo XIII, su paso por Sigüenza y Molina de Aragón.
El “Viage” de Ponz por la Alcarria-más que “a”, porque no era su destino final, sino tránsito obligatorio camino de Cuenca- tuvo lugar a finales de junio de 1769, en torno a la festividad de San Juan. Como en el conjunto de su amplia obra literaria de viajes, que no solo le llevó por España sino también por el extranjero, cuando escribió sobre su recorrido alcarreño, Ponz llamó “al pan, pan, y al vino, vino”. O, mejor dicho, a lo que él creyó ser pan, lo llamó pan, y a lo que consideró que era vino, vino lo llamó. No se anduvo con paños calientes ni regaló el oído a nadie, de tal modo que hasta del mismísimo palacio del Infantado, la joya monumental más relevante y preciada en la capital, dijo de él que “de su fábrica merecen pocas alabanzas por lo tocante al artificio (…). Su patio principal-el de los Leones- es de mala arquitectura (…). Y vi tantos salones-entre ellos los de Cazadores y de Linajes, cuyos artesonados, hasta su destrucción en la Guerra Civil, estaban considerados como de los mejores que había en España- con techos de tanta madera y oro que me parecieron pinares dorados”. No empleó Ponz, precisamente, fina ironía para denostar la ornamentación del edificio, la arquitectura del patio e, igualmente, la decoración de los más nobles salones del Infantado que, a una gran mayoría de críticos, siempre les parecieron excepcionales. Por el contrario, la cripta de los Mendoza en el monasterio de San Francisco le causó mejor impresión y la comparó con la del panteón de Reyes del Escorial, incluso a la arriacense la vio mejor iluminada naturalmente por tener ventanales a la calle, mientras que la escurialense solo puede iluminarse con luz artificial, en aquel tiempo, obviamente, solo por lámparas de aceite y velas de cera. Las iglesias de la capital alcarreña, en general, no le gustaron mucho, criticando especialmente sus altares “por su falta de artificio” y la escasa antigüedad de éstos. Le disgustó sobremanera la, entonces, aún iglesia de los Dominicos-actual parroquia de San Ginés- de la que dijo que tenía “mucho espacio, pero vacío de objetos que llamasen la curiosidad”. Lo que más le agradó, sin duda, fue la iglesia del Convento de la Piedad, entonces regentado por una comunidad de terceras franciscanas, de la que dijo que en ella “se reconoce el mejor gusto que había entonces”.
Tras dormir una noche en Guadalajara, en una posada cercana al monasterio de San Francisco, Ponz reemprendió su viaje por la Alcarria con destino a Cuenca en su carruaje de caballos y acompañado de algunos sirvientes y de “un hombre práctico”-un guía- para no perderse por los caminos y vericuetos alcarreños; aun así, entre Pastrana y Almonacid, equivocaron la ruta y debió desandar parte de lo recorrido para cruzar por fin en barca el Tajo en la Pangía, cerca de donde hasta hace unos años estuvo la hoy desmantelada central nuclear de Zorita. De su recorrido por la Alcarria de Guadalajara camino de la de Cuenca, Ponz escribió que “tuve que subir y bajar grandísimas cuestas, trepando por caminos muy fáciles de errar, y otro tanto escabrosos y difíciles de transitar”. Pernoctó dos días en la Alcarria de Guadalajara, además del que pasó en la capital: primero hizo noche en Renera -población a la que en su obra llama Ranera-, elogiando el “agrado y buen modo” con el que fue tratado por la mesonera, mientras que llamó de todo a la de Almonacid, hasta el punto de escribir de ella que “quisiera haber dado antes con una furia que con semejante posadera”. El corregidor de la villa almorcileña-recordemos que Ponz trabajaba para el rey- desfizo el entuerto entre el viajero y la posadera, proveyéndole alojamiento en casa de “un hidalgo honrado, cortés y generoso”. De Almonacid partió a Garcinarro, ya en la provincia de Cuenca y en dirección a su capital, destino final, pasando por Albalate y atravesando la sierra de Altomira. Haciendo (nosotros, no él) un flashback de su paso por nuestra Alcarria, el viajero ilustrado dejó algunas perlas (más bien ensangrentadas, como dice la canción de Alaska y Dinarama) cual es la de preguntarse por qué la toponimia de Guadalajara dice que el Henares es un río “pedregoso” cuando él no vio muchas piedras a su paso por el puente árabe que entonces “estaba roto por el medio”-recordemos que en 1757 había sufrido grandes daños por una gran crecida-. De la Historia de Guadalaxara, de Núñez de Castro, dijo que “hay mucha paja en ella”. También le pareció que aquí iban “muy caros los comestibles”. Por el contrario, quizá para compensar o solo para hacer justicia, afirmó que, aunque caros, los alcarreños “eran de los mejores comestibles de España”, destacando entre ellos “carnero, tocino, miel, leche, aceite y otros”. Sin duda, Ponz hizo un viaje honesto-en el sentido de sincero y nada almibarado- a la Alcarria y en su literatura sobre él cumplió bastantes de los preceptos básicos de la Ilustración: observar, descubrir, experimentar y racionalizar. No obstante, es obvio que contó su verdad, no siempre coincidente con la verdad pues, a veces, las primeras miradas son bastante engañosas.