El viaje de fábula a la Alcarria de Tomás Iriarte en 1871

04/04/2026 - 12:48 Jesús Orea

Poeta, dramaturgo, traductor, polemista literario y sobre todo, fabulista, su vertiente creadora sin duda más conocida y que más ha trascendido y perdurado, Iriarte hizo también su viaje por la Alcarria.

En la entrega anterior de este “Guardilón” resaltábamos la afición que se desató por los viajes a España en el siglo XVIII, en tiempos de la Ilustración, muchos de ellos protagonizados por viajeros extranjeros, fundamentalmente motivados por conocer de primera mano el “exotismo” hispano, pero no pocos también realizados por nacionales que, además, dejaron testimonio escrito de sus periplos. Foulché-Delboc, en su “Bibliografía de viajes a España y Portugal”, obra de finales del XIX y todo un referente en este ámbito de la caminería literaria, cuantificó en más de un centenar las obras que relataban viajes por la península ibérica entre los tiempos de la Ilustración y el Romanticismo. Del viaje que en 1769 hizo Antonio Ponz por toda España y en particular por la Alcarria, enlazando Guadalajara con Cuenca y, principalmente, inventariando lo más destacado del patrimonio histórico artístico, ya dimos noticia el mes pasado. En este nuevo artículo, dando continuidad temática y temporal al anterior, nos vamos a ocupar del recorrido que, doce años después, en 1781, hizo también por la Alcarria otro notable ilustrado español, en este caso Tomás Ruiz de Iriarte, poeta, dramaturgo, traductor, polemista literario y, sobre todo, fabulista, su vertiente creadora sin duda más conocida y que más ha trascendido y perdurado.

Iriarte nació en 1850 en el Puerto de la Cruz y, desde muy niño, con apenas diez años, ya comenzó a estudiar latín en La Orotava, con su propio hermano religioso, fray Juan Tomás, convirtiéndose en un precoz traductor de clásicos como Cicerón, Virgilio, Ovidio… Cuando tenía 14 años, su tío, Juan Ruiz, un erudito estudioso y traductor, académico de la Lengua y de la Historia, alto empleado de la primera Secretaría de Estado, le trajo a Madrid. En la capital, bajo la tutela de su familiar, prosiguió estudios clásicos y amplió su formación hacia otros campos literarios y artísticos, especialmente la música, convirtiéndose en un experto en ella, al tiempo que en un notable intérprete de violín, viola y bandolín. De hecho, una de sus obras más conocidas y traducidas, titulada La Música (1779), es un importante y racional compendio de los distintos ámbitos en que se interpreta esta expresión artística: desde los templos eclesiales al teatro, desde las fiestas públicas a la privativa soledad. Tomás de Iriarte, como hemos apuntado, es sobre todo conocido por sus Fábulas literarias, obra que editó en 1782, exactamente un año después de pasar gran parte del verano en un pueblo de la Alcarria conquense, Gascueña, al que llegó en un carruaje tirado por caballos, partiendo desde Madrid, pasando por Alcalá y por varios pueblos de la Alcarria de Guadalajara. De este viaje, dejó constancia escrita en sendas misivas que envió a Manuel Delitala-marqués de Manca, un noble y contertulio amigo suyo- y en las que, sobre todo en la primera, le refería con bastante detalle las peripecias e impresiones de su viaje por la Alcarria que más adelante veremos. Estas dos cartas no fueron públicamente conocidas hasta más de un siglo después, exactamente en 1897, cuando Cotarelo y Mori las incorpora completas a su obra Iriarte y su época.

Tomás de Iriarte.Retrato de Joaquín Inza. Museo del Prado.

El motivo que llevó a Iriarte a viajar a este pueblo conquense fue el de buscar un lugar saludable-padecía un grave problema de gota- y tranquilo, alejado de la sociedad y de los salones y saraos madrileños a los que era tan aficionado. Fue, precisamente, en tiempos de la Ilustración cuando más se apreciaron los ambientes rurales, como vacacionales espacios salutíferos, relajantes e inspiradores para la creación literaria. Iriarte solo fue un viajero ocasional a ámbitos rurales y puntualmente a la Alcarria, pero su también amigo y literato ilustrado, Leandro Fernández de Moratín, sí que fue un entusiasta consumidor de ruralidad, poniendo su brújula y su corazón en dirección a Pastrana, donde tuvo residencia temporal durante bastantes años. A este respecto cabe reseñar que Moratín, en una carta escrita en 1794 desde Bolonia a Juan Antonio Melón, evidenciaba ser un enamorado de la Alcarria, vertiendo un encendido elogio a la paz y el sosiego que hallaba en ella, con estas exactas palabras: “(…) tendrás un cuarto en mi casa rural de la Alcarria; te bañarás en mi estanque; me ayudarás a cultivar mi jardín; iremos juntos a caballo en un burro a catar las colmenas; leeremos a Du Hamel (no el expositor, sino el arbolista); comeremos pollitos, buena leche, buen carnero, y en seis meses del año no veremos la cara pálida de los próceres…” 

  Iriarte entra en la actual provincia de Guadalajara el 22 de julio de 1781, procedente de Alcalá, a donde había llegado el día anterior desde Madrid, tras pasar por Canillejas, Alameda, Rejas y Torrejón, completando con las iniciales de estas cinco poblaciones -si a ellas le sumamos la de Alcalá- el acrónimo “CARTA” que, según dice en su primera misiva a Manca, le sirvió para recordar que tenía que escribirle, gracias a los nombres de los lugares del trayecto inicial. Iriarte evidencia aquí el uso de un recurso literario a la par que un eficaz manejo de la mnemotecnia; después veremos como también domina la ironía e, incluso, el sarcasmo.

      El primer pueblo de Guadalajara del que da detalle Iriarte en su primera carta a Manca es Aranzueque, limitándose a citar que pasa antes por El Pozo. Del pueblo ribereño del Tajuña ya más que medio, comenta que tiene un mesón “nuevo, con buenos cuartos, pero no había que comer”. Del mesonero dice que “es cojo, viejo y horrible”. A la mesonera la define como “morena y hombruna”; por el contrario, a la hija de ambos, de siete años, la describe así: “blanca, rubia y hermosísima”. El hambre que le hicieron pasar los mesoneros de Aranzueque calentó tanto sus cascos que Iriarte justificó de este modo el hecho de que un hombre y una mujer tan ibéricamente raciales tuvieran una hija de rasgos tan eslavos: “(…) por este lugar no dejan de pasar extranjeros de aquel color y pelo”. A buen entendedor… 

Las referencias a Aranzueque las completa el fabulista diciendo que su iglesia tiene un órgano “no malo”, que él mismo tocó, y que el sacristán es también el maestro, dando las clases en la propia iglesia… Y las zurras y azotes a chicos y chicas, con el culo al aire, “sin respeto a lo sagrado”. Eso sí, el maestro-sacristán le regala unos peces pescados esa misma mañana en el Tajuña y del cura afirma que es “gigante y gordo”. Como con tanta frecuencia hizo después Cela en sus dos viajes literarios a la Alcarria, ya en el siglo XX, Iriarte recae en el apodo de los vecinos de Aranzueque, a los que dice que les llaman “portagueros” porque cobraban la tasa de portazgo a todo quisque, incluyendo una imagen de un Cristo con la cruz a cuestas. ¿Puro estilo celiano o, más bien, por ser claramente anterior en el tiempo, puro estilo iriartiano el de Cela con el tratamiento de estos asuntos sociocéntricos de los apodos en sus respectivos viajes? Ahí lo dejo, pero por esta y otras circunstancias en las que no puedo detenerme ahora por limitaciones de extensión, me atrevería a afirmar que el escritor gallego leyó estas cartas de Iriarte antes de viajar a la Alcarria.

Tras (mal) comer en el mesón de Aranzueque, el escritor canario reemprende el camino y llega a Tendilla, villa de la que dice que es “mediana y de bastante arboleda”. Pernocta en el convento de la Salceda, donde afirma que los franciscanos le hospedan “muy generosamente” y le dan “una buena cena”, compensando así la escasez y penurias del almuerzo aranzuequeño. Al viajero le gusta el entorno de la Saldeda: “Es un paraje delicioso en medio de un desierto”, donde dice que se hubiera quedado 3 ó 4 días más. Eso sí, pasa mala noche, por culpa de las pulgas, y viene a resumirla como parecida a alguna de las toledanas que pasan Don Quijote y Sancho Panza en la obra de Cervantes que ambos personajes protagonizan.

De mañana temprano, Iriarte reemprende el viaje hacia Gascueña pasando por Alhóndiga, “un lugar notable por su situación” y con “una perspectiva muy pintoresca, encima y alrededor de un cerro similar a la Rotunda de Roma”. A esta altura de su periplo, la Alcarria le parece “bastante quebrada, frondosa y fresca”. Incluso comenta que, pese a estar en el ecuador del estío, dejó de pasar calor cuando quedó atrás Santorcaz. Sobre la gente alcarreña que va conociendo y tratando, valora que “es bastante aplicada en la agricultura y tiene buen modo con los forasteros”, palabras que nos vuelven a recordar, si no la letra exacta, sí el espíritu de la dedicatoria de la primera edición de su Viaje a la Alcarria que Cela hace a don Gregorio Marañón.

A partir de Alhóndiga, las referencias de Iriarte a su paso por la Alcarria de Guadalajara, camino de la de Cuenca, son mínimas ya. De Auñón relata que sus cercanías, al igual que las de Alhóndiga, “son amenas”. De Sacedón, nada dice más allá de detenerse en el paraje del “Infierno del Tajo”-donde actualmente están la presa de Entrepeñas y la llamada “Boca del Infierno”-, un lugar que expresivamente califica de “horrorosamente bello”. El horror dice que lo producen las simas y cuevas que abundan en el lugar. Antes de entrar en la actual provincia de Cuenca, el viajero se despide de la de Guadalajara en Poyos, pueblo anegado, mediado el siglo XX, por el embalse de Buendía, a la par que los cercanos e históricos Baños de La Isabela. A Santa María de Poyos, que era su nombre completo, Iriarte lo refleja así en su carta al marqués de Manca: “es un lugarcito a orillas del río Guadiela con una hermosa vista”. A partir de ahí, ya entra con su coche de caballos y sus compañeros de viaje en la Alcarria conquense, pasando por Villalba (del Rey) y Tinajas hasta llegar a Gascueña. Allí, como hemos comentado al principio, pasará los últimos días de julio y todo el mes de agosto yéndole “perfectamente” y ultimando su conocido fabulario que se editó un año después. ¿Era alcarreño el burro flautista de la fábula de Iriarte? No lo afirmo, lo pregunto…, por si suena la flauta por casualidad.