29/07/2019 / 20:53
Jesús de Andrés


Imagenes

El juego del gallina

Lo ocurrido la pasada semana, con dos votaciones de investidura rechazadas debido a la falta de acuerdo entre quienes debían ser aliados y han resultado terribles adversarios, es la enésima representación de juego.


Recordarán aquella película, Rebelde sin causa, en la que su protagonista, un joven inadaptado interpretado por James Dean, se enfrenta al miembro de una banda rival conduciendo sus coches hacia un precipicio de tal forma que el primero en saltar por miedo a caer en él sea considerado un cobarde, un gallina, el perdedor de esa contienda en la que a golpe de testosterona miden su hombría y su valor. El juego del gallina tiene su versión tradicional en dos automóviles que se dirigen uno hacia el otro, de frente, hasta que uno de ellos se retira para evitar el choque frontal. Más allá de su representación cinematográfica, ha servido como metáfora para explicar distintos escenarios históricos de confrontación. La guerra fría, con su escalada armamentística nuclear, se interpretó como un juego de tal tipo, en el que ninguno de los contendientes quiere ceder pero tampoco quiere llegar hasta el final, que supondría su destrucción. La teoría de juegos también ha recurrido a esta alegoría para interpretar procesos de negociación en la que los contendientes tensan una situación sin hacer concesiones para mantener la presión sobre el rival. Sin embargo, si los adversarios mantienen firme el volante y ninguno renuncia a sus objetivos, el choque será inevitable y fatal para ambos.

Lo ocurrido la pasada semana, con dos votaciones de investidura rechazadas debido a la falta de acuerdo entre quienes debían ser aliados y han resultado terribles adversarios, es la enésima representación de juego. En este caso no hay un James Dean gamberro y temerario, hay sobre todo un protagonista adolescente, que apenas deja atrás su infancia, incapaz de tomar decisiones adultas, de hacer frente a sus compromisos, sin un cortex prefrontal conformado que le permita calcular las consecuencias de sus actos. Lejos de ello, su huida hacia adelante pidiendo más y más ministerios para los suyos, como si fueran los platos de un buffet libre para un hambriento, le han impedido dar el volantazo de última hora que impidiera la colisión. El refranero español sintetiza la idea explicando lo que le ocurre a quien se acuesta con niños para dormir.

No cabe duda de que el Congreso elegido en las últimas elecciones muestra fielmente la voluntad de los españoles, que están allí representados, pero también es cierto que su bloqueo es reflejo del cortocircuito político de nuestra sociedad. Si la crisis abrió el abanico, dando entrada a nuevos grupos y nuevas sensibilidades, el resultado, expresado en los problemas para elegir al presidente del Gobierno y a los de algunas comunidades autónomas, deja mucho que desear. No se puede posponer el inicio de la legislatura y el nombramiento de un nuevo Gobierno. Hacen falta unos presupuestos. Hay que abordar muchos problemas aplazados. Pero esto son cuestiones menores para quien sólo piensa en mantener firme el volante, incluso para caer al precipicio.


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