30/12/2021 / 19:25
Jesús de Andrés


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El liberalismo en España

Hoy en día, tras los sucesivos naufragios del liberalismo partidista, las encuestas que reflejan la cultura política de los españoles coinciden en ese perfil: los españoles somos mayoritariamente celosos guardianes de nuestros derechos y libertades, aspiramos a la igualdad y tenemos siempre recelo del poder.


El concepto “liberal” es una de las escasas aportaciones del castellano a otros idiomas en lo que a asuntos políticos se refiere. Pronunciamiento y guerrilla serían otras dos, como bien observó Unamuno hace más de un siglo. Fue en las Cortes de Cádiz (1810-1812) donde adoptó su significado, aquel sobre el que pivotaría toda la cultura del siglo XIX, el que daría sustento a la construcción de un Estado liberal enfrentado a toda la carcunda: la de los carlistas, ultramontanos y neocatólicos, empeñados todos ellos en mantener un antiguo régimen que ya sólo existía en sus ensoñaciones o en afianzar el poder terrenal de la Iglesia Católica sobre el poder civil. Desde el reinado de Isabel II hasta el régimen de la Restauración (1875), los liberales -más moderados unos, más progresistas otros- guiaron la nave de la necesaria modernización de España en todos sus órdenes, algo que tan sólo consiguieron puntualmente. A partir de entonces todos fueron liberales, devaluando el verdadero significado del término, aquel que tiene que ver con la defensa de las libertades individuales, la igualdad ante la ley y la preservación de espacios de poder frente al Estado.

Hoy en día, tras los sucesivos naufragios del liberalismo partidista, las encuestas que reflejan la cultura política de los españoles, que indagan en los valores de la gente, coinciden en ese perfil: los españoles somos mayoritariamente celosos guardianes de nuestros derechos y libertades, aspiramos a la igualdad y tenemos siempre recelo del poder. De ahí que sea totalmente paradójico el fracaso de toda opción que se ha presentado a las elecciones bajo dicha etiqueta. Lo intentaron el Partido Liberal y la Unión Liberal, ambos coaligados con la Alianza Popular de Fraga; quiso abanderarlo el CDS de Suárez; probó suerte Miguel Roca con su Partido Reformista Democrático; también Rosa Díaz con Unidad, Progreso y Democracia; y por último Ciudadanos, liderado por Albert Rivera e Inés Arrimadas. Ninguno ha conseguido un buen resultado salvo Ciudadanos, quien en las elecciones de abril de 2019 consiguió 57 diputados para dilapidarlos siete meses después, en las elecciones de noviembre de ese mismo año, obteniendo apenas 10 escaños.

Curiosamente, cuando lo que pide la ciudadanía son derechos, libertades, un buen funcionamiento de la economía de mercado, meritocracia, transparencia, lucha contra la corrupción y limitaciones a la acción de los poderes públicos, no hay una opción liberal (Ciudadanos, tras su disparo en el pie, está a la espera de completar su fin) y los dos principales partidos reniegan de ella: ni el PSOE, absorto en conservar el poder, ni el PP, obsesionado por competir con Vox en la extrema derecha, están por la labor. Electores sin partidos que representen fielmente sus valores y partidos alejados de las querencias de sus votantes. ¿Hay alguien ahí?.


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