El mendigo

18/09/2018 - 20:18 Javier Sanz

Muchos mendigos se zumban entre sí en el aquelarre de la noche porque se reconocen en el otro y lo quieren eliminar.

Lo veo desde la ventana. Se acomoda en un poyete bajo unos árboles y ahí echa la mañana. Y parte de la tarde. No vive al día sino al minuto y cuando acaba la litrona, que envuelve discretamente en una bolsa de plástico, recoge sus pertenencias –una maleta mediana, es todo- y se acomoda junto al cajero de la cercana calle principal, se sienta en un escalón y extiende la mano hasta que recoge lo suficiente para comprar otra litrona en el chino y entonces vuelve a acomodarse en el poyete. Es posible que crea que así cumple su jornada, lo malo será cuando venga el invierno, pero a la tercera botella pierde el control y las formas, se da la vuelta y orina hacia el poyete con el mismo grafiti vertical, a chorro. A mediodía está hecho unos zorros y cuando por la tarde pega el sol vuelve cerca del cajero, extiende la mano, etcétera. Entonces tira hacia Plaza de España para reaparecer mañana con la puntualidad del funcionario.

Nada sabemos de sus noches, seguramente al raso, pero alguna vez regresa sin gafas, con los ojos morados, o sea, deben ser noches duras, muy duras pues la miseria con toda su libertad no es ésta sino lo contrario y uno queda a la intemperie no ya atmosférica sino caritativa. Muchos mendigos se zumban entre sí en el aquelarre de la noche porque se reconocen en el otro y lo quieren eliminar, dan puñadas al viento y alguna vez aciertan de pleno en el rostro del enemigo, o sea, de sí mismos, y se retiran a la esquina del ring tambaleándose como rockys de tercera pero victoriosos de haberse destruido momentáneamente. Tan sólo el enganche a la litrona les hace subir al carrusel cuando asoma lorenzo y regresan puntualmente al cajero, al chino y al poyete cuantas veces se lo pide ese bajón de alcohol en sangre. Es el desayuno del fracaso todavía con resabor a tabaco de colilla que les sabe a gloria, más aún si alguien dejó un filo de carmín en la boquilla. Entonces sueñan que se besan con Sara Montiel.

Un agosto de por medio puede significar la desaparición del mendigo de enfrente multiplicada por treinta, las lunas flacas que le lloran como Magdalena a su amado en la Cruz. Seguramente haya muerto treinta veces golpeado por un colega, o sea, por sí mismo, tal vez en cuatro ocasiones o una sola, de un bajonazo, como los toros en las capeas. Quizá los del SAMUR, ángeles de su guarda con uniforme, hayan cerrado su biografía con una firma rápida de médico fijo.Nada sabemos de él, tan sólo que se le echa en falta cuando hemos pasado lista el uno de septiembre y en el poyete de enfrente de casa no hay rastro. Con todo, y con tan poco, casi nada sé de los demás vecinos del barrio, que bien poco me importan, pero echo de menos al mendigo que menos mendiga, tan sólo hasta que suma dos eurillos para ir al chino a por combustible. Lo echo de menos porque ése pude ser yo. Y usted. Pero la bola cayó en otra casilla. Tan sólo fue eso, aunque se escriban cien libros cada año sobre la circunstancia humana y el destino que se abren en hipótesis tan flojas como máster de político. Entiendo ahora que lo que aquel cura nos explicaba sin éxito sobre la figura del prójimo es él. Y le miro con el mayor respeto. Sigo echándole de menos porque estamos a doce y no aparece.