07/08/2020 / 11:57
Jesús de Andrés


Imagenes

El Padrino

Además de convertir las películas de mafiosos en un prolífico género, de normalizar su actividad delincuente,  El Padrino generalizó una forma de comportamiento -agresivo, eficaz, que siempre se sale con la suya.


Hay una tendencia generalizada a pensar que cuando una película está basada en un libro, éste siempre es mejor. Y no es así. Los puentes de Madison County, de Robert James Waller, por ejemplo, me pareció que no estaba a la altura, ni de lejos, del film dirigido y protagonizado por Clint Eastwood. Pero si hay un ejemplo claro de esto, de novela menor frente a su película, ese es El Padrino, de Mario Puzo. Fue su traslado a la gran pantalla la que llevó su historia, de la mano de Francis Ford Coppola, al más alto reconocimiento. Entre sus muchos méritos, supuso un antes y un después en el tratamiento dado a la mafia, que hasta entonces aparecía en novelas y cine negro como un ente oscuro que ametrallaba a los rivales desde sus coches de época, y sobre todo creó un arquetipo, el del mafioso cercano, bien organizado y con fuertes conexiones familiares y sociales. Don Vito Corleone, interpretado maravillosamente por Marlon Brando, era un tipo criminal a la vez que carismático, poderoso y justiciero. Esa patina compuesta de atributos positivos y negativos a la vez convirtió a los Corleone en una especie de aristocracia del crimen, en un mito anhelado por los propios delincuentes, y no sólo ellos. 

Además de convertir las películas de mafiosos en un prolífico género, de normalizar su actividad delincuente (cuyo ejemplo más claro fue el de Los Soprano, donde a su protagonista se le mezclaban los problemas familiares con los del “trabajo”), El Padrino generalizó una forma de comportamiento -agresivo, eficaz, que siempre se sale con la suya- que ha seducido desde entonces a todo tipo de personas, en particular las que ejercen el poder. No hay ningún obstáculo a la voluntad de Don Vito. Lo hemos visto en personajes públicos, políticos y empresarios. Recuerden las poses de Jesús Gil en su jacuzzi o la forma en que Ruiz Mateos administraba su familia. Observen los ademanes de Trump y Bolsonaro o el ejercicio del poder de Chávez y su epígono Maduro.

Incluso, si no queremos irnos tan lejos, abran los ojos a su alrededor. No falta por estos lares el pequeño regidor que pretende imponer su criterio por encima de recomendaciones que él mismo debiera haber hecho suyas desde un primer momento. Anunciar un encierro por el campo, ganarse el apoyo de cuatro catetos y luego esperar a que vengan otros -la Junta- a imponer el sentido común (llevándose consigo el rencor de aquellos). Nada de pensar en políticas públicas, en el fomento del tejido empresarial, en el desarrollo local. Circo sin pan, que a sus electores poco le importan el trasfuguismo, las acusaciones de corrupción o la recalificación de terrenos siempre y cuando se garanticen los toros. Su santa voluntad.


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