14/05/2021 / 18:29
Javier Sanz


Imagenes

El palo del golf

Lo de Madrid ha sido algo más que un mal trago- se ve en la resaca- que no ha podido paliar ni Tezanos, escudero de escuderos, con las encuestas del Gran Capitán pues en picos, palas y azadones, cien millones, de momento.


Recogidas las urnas, el ínclito -¿qué demonios querrá decir ínclito?- Juan José Millás se marcaba una columna el viernes pasado a propósito de la todavía incomprensible, para más de uno, victoria de Isabel Ayuso. En cuatro brochazos, ha tenido columnas mejores, despachaba una victoria que en farmacias ha arrasado las ventas de omeprazol por los ardores de estómago que ha provocado. El mensaje del escritor iba de equiparación de los contenidos temáticos de la candidata con las empanadillas de Martes y Trece. Cuarenta y ocho horas después, Millás podía haberse aliviado con otra de esas visiones tópicas del café de su barrio donde ese espectro con sombrero le pedía una manzanilla al camarero, etc., pero metía otra cosa rara.

En el mismo borde de la página, lunes 3, víspera de la cita, Almudena Grandes rotulaba la suya con un clamoroso “Por favor”, para continuar con un “Me dirijo a ti” que daba yuyu, en el que alentaba a los lectores a ejercer su derecho al sufragio pues “nunca ha sido tan sencillo votar contra la derecha”. Es cierto que en un alarde de nobleza y discreción, fifty-fifty, no pedía el voto para su hija, Elisa García Grandes, número cuatro en las listas de Falange Española, formación política que al 99,99 % del recuento no ha conseguido representación en la Asamblea de Madrid, lo cual se va convirtiendo en una tradición familiar pues su padre, Luis García Montero, consiguió, rematado el 100% del recuento, la misma representación en las elecciones de 2015, cuando encabezó la lista de Izquierda Unida, lo cual le alivió de las obligaciones implícitas que le hubieran impedido acceder posteriormente a la dirección del Instituto Cervantes.

Lo de Madrid ha sido algo más que un mal trago -se ve en la resaca- que no ha podido paliar ni Tezanos, escudero de escuderos, con las encuestas del Gran Capitán pues en picos, palas y azadones, cien millones, de momento. La primera de las vicepresidentas analizaba las claves de la victoria de Ayuso alineando matemáticamente berberechos en la abscisa y la caída vertical de la caña en ordenada, o sea, el culo con las cuatro témporas y un toque de ceja alta pues ellos -dice- no suelen entrar en debate tan bajo. La cosa estaba hasta ahora en dos de las cuatro reglas: suma y resta, de votos (en el teorema José Mota: “las gallinas que entran por las que van saliendo”), pero hoy se añaden las otras dos: la multiplicación, de los votantes de doña Isabel, y la división. del voto entre verdes y morados que dejan a éstos de color lila tras el pase por el tinte. Y, para que cuadre, se remata lo ocurrido con la prueba del nueve, o sea, afluencia a las urnas de las tres cuartas partes largas del censo.

El conspicuo Millás -¿qué demonios querrá decir conspicuo?- abrocha la faena con una revolera fueracacho, o sea, que lo que celebraban los que fueron a Génova la tarde-noche del 4-M no era una libertad cualquiera, sino la de “beberse una cerveza a media tarde, tal vez junto al palo de golf con el que golpear luego las señales de tráfico”. Ahí estaba el asunto, en el tótem que representa al votante del partido vencedor, esta vez: el palo de golf, que como todo el mundo sabe es deporte de élite, practicado en los 177, de los 179 municipios de la Comunidad, en que se impuso esta vez el partido de Ayuso, o sea, ella. Incluido el cinturón rojo, donde servidor de ustedes ha trabajado, en lo público, durante veinticinco años, viéndolas pasar de todos los colores pero con ningún brillo golfista. 

Cuando “el Resti” se presentó en Sigüenza en las listas del partido de Ruiz Mateos le dijo al cabeza de lista, mediado el recuento: “cuatro votos en esta mesa, o sea, veinte, como mucho, en total. Vámonos a casa”. Y a las ocho del día siguiente estaba apretando tuercas debajo de un Renault y silbando una de Julio Iglesias. A esas horas, dos días después de lo de los palos de golf, Sánchez se empleaba en otras: había trasladado al segundo Franco. Qué obsesión.      

    


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