22/01/2021 / 12:58
Jesús de Andrés


Imagenes

El trampazo

 Se ha ido de la manera más miserable, sin reconocer el triunfo de su rival, convencido de que, dado que él no puede perder, le había sido hurtada la victoria. 


La presidencia de Trump tuvo mucho de trampantojo, de engaño, de hacer ver lo que no era, de trampa que camufló la realidad bajo la apariencia ilusoria de lo que se quería ver. El ya expresidente ha tensado como nadie el sistema político estadounidense. No sólo han sido sus insultos, su grosería constante, su mala educación, ha sido sobre todo el cabalgar a lomos de la mentira mientras acusaba a los demás de mentirosos, su rol de trampero para lograr aquí y allá sus presas. Viviendo en una realidad paralela, consiguió convencer a millones de conciudadanos de que todos les engañaban, de que el mundo conspiraba en su contra, de que sólo él decía la verdad. Y si la realidad, en forma de virus o de voto, por ejemplo, contradecía sus deseos, ahí estaba él para negarlo. Se ha ido de la manera más miserable, sin reconocer el triunfo de su rival, convencido de que, dado que él no puede perder, le había sido hurtada la victoria. Un asalto al Capitolio, una movilización que alterara las normas fue su último cartucho, negando haberlo provocado en cuanto vio las consecuencias de su irresponsabilidad. Como Hitler en el putsch de 1923 o Mussolini en la marcha hacia Roma, como Torra animando a los CDR para el asalto del Parlament en la celebración del primer aniversario del ridículo independentista, como tantos aspirantes a dictadorzuelos, Trump violó la legalidad pretendiendo una legitimidad que no le daban las urnas. 

Y lo malo es que su herencia seguirá ahí, su radicalización, su extremismo y su violencia serán portadas por sus incondicionales cual llama que no se extingue. Ha trampeado engañando y estafando a buena parte del pueblo americano sin ser consciente -o siéndolo plenamente- de sus implicaciones, de las derivas que su estrategia ha traído consigo. La principal, la ruptura de cualquier consenso mínimo, la profundización en la discordia. Radicalizar llevando la disputa a los extremos es alejar, es romper los consensos mínimos, es introducir el odio y el rechazo sistemáticos en el sistema. Y ojo, no nos quedemos en que los americanos son extravagantes, miren a su alrededor, anoten quién tensa, quién se va al extremo, porque las consecuencias serán las mismas aquí, en Atienza, Pastrana o Sigüenza, que en Denver, Chicago u Oklahoma. 

Afortunadamente, nadie recuerda qué era una mancuerda, aunque la haya visto en multitud de series y películas: un instrumento de tortura que consistía en atar al reo con ligaduras que se tensaban dando vueltas a una rueda. Antes o después se producía la confesión: cualquier cosa antes de seguir sufriendo, antes de experimentar el trampazo, que era la última vuelta, la que provocaba la ruptura final. Ojalá los trampazos, aquí y allí, nos devuelvan al camino de la moderación.


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