19/06/2020 / 20:45
Jesús de Andrés


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Encuentros en la tercera fase

Flaco favor se hace a sí mismo quien pretende defender principios liberales sobrepasando todos los límites de la ética.


Resulta cuando menos sorprendente comprobar cómo en plena fase 3, cuando desde todas las instituciones se nos pide responsabilidad, respetar la distancia social y evitar aglomeraciones, cuando las reuniones con familiares y amigos están limitadas a 20 personas o las actividades de turismo activo a 30 participantes, hay colectivos que consideran que es de máxima urgencia realizar una manifestación por las calles sin esperar al fin del estado de alarma y sin atender a razones sanitarias de ningún tipo. ¿Para pedir mejoras en los servicios que afectan al personal sanitario o a los cuerpos y fuerzas de seguridad?, ¿acaso para reivindicar el papel de la educación y solicitar recursos para ella?, ¿sencillamente para proteger al comercio o a la hostelería, tan afectados en estos meses de pandemia? Nada de eso. Aquí se organizó la primera manifestación tras la crisis para defender los “espectáculos” taurinos. Con un par.

Lo malo no es que unos centenares de descerebrados salieran a la calle sin asomo de respeto a los demás para meter presión a los ayuntamientos, que, en cumplimiento de su principal obligación -que es garantizar la salud y seguridad de sus ciudadanos-, están suspendiendo fiestas patronales, corridas y encierros incluidos. No. Lo malo es que rescataron de nuevo el discurso victimista de quien sobrevive gracias a la ingente subvención pública que, en detrimento de otras partidas, recibe. Y vuelve la burra al trigo del lamento, de la reivindicación de la barbarie camuflada de cultura y tradición, como si incorporaran una legitimidad moral por el hecho de serlo. Nada más absurdo. Hay países en los que se defiende la ablación del clítoris de las adolescentes por el hecho de ser una arraigada tradición cultural. Las corridas de toros, y no digamos ya los encierros por el campo, son espectáculos de crueldad, una anomalía moral que intenta quedar al margen de la ética. Para conseguirlo, se amparan cada vez más en la identidad, incluso la nacional: es “lo nuestro” y los demás no tienen nada que decir, ignorando que la ética evoluciona y, al igual que se eliminaron los autos de fe, las decapitaciones en público, el esclavismo o el maltrato a las mujeres (al menos estamos en ello), la tauromaquia hace tiempo que perdió su lugar. 

Me alegró que sus organizadores dijeran que sus argumentos no son de derechas ni de izquierdas, porque efectivamente no lo son. Otra cosa es que, en su pugna por el electorado más sádico, aquel que se aleja de cualquier atisbo de humanismo, los dos partidos más extremos por la derecha compitieran por acaparar el protagonismo. Flaco favor se hace a sí mismo quien pretende defender principios liberales sobrepasando todos los límites de la ética. Mejor harían dejando de criar cuervos, centrándose en la no admisión de la brutalidad ni del dolor innecesario.


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