09/05/2020 / 18:22
Antonio Yagüe


Imagenes

España enmascarada

 También se imponen en la España vacía y rural. Están entrenados. Algunos agricultores ya se tapaban bocas y narices en el verano al palear el grano para no tragar el polvillo.


Tras Balconia y Aplausia, se ha echado a la calle la España enmascarada. Sus portadores son variopintos. Algunos llevan una especie de coladores con un trozo de tela dentro, otros se cierran los labios con esparadrapo y se cubren la nariz con una mano. Hay quien respira tras pañuelos, se rodea el rostro con vendas o se coloca caretas carnavalescas. Como muchos políticos desde antes de la pandemia.

  También se imponen en la España vacía y rural. Están entrenados. Algunos agricultores ya se tapaban bocas y narices en el verano al palear el grano para no tragar el polvillo. Y los pastores de garrote para evitar la cruel cagada de la mosca. Se las ingeniaban con un amplio pañuelo u otros artilugios de fabricación casera. Casi como ahora, mientras nos llegan las prometidas mascarillas higiénicas de Page.

  Parece que la desescalada, palabro del inagotable arsenal  de sinónimos monclovita, era esto. Una mascarilla indispensable para combatir la pesadilla inimaginable en los peores sueños, antes de que el Covid-19 se metiera en ellos y nos cambiara la vida. Mientras llega la vacuna, el miedo al contagio nos ha convertido en un país de enmascarados para evitar los estragos de un bichito del miserable tamaño de 0,6 micrómetros (diez veces menos que el grosor de un pelo de nuestra cabeza), que está poniendo en jaque a potencias mundiales, comunidades científicas y organizaciones sanitarias.

  Se cae el alma más abajo de los pies al ver sacerdotes con el rostro tapado dando el último adiós en cementerios de Madrid, a cardenales romanos y a fieles de pequeños pueblos con iglesias grandes. Qué decir de bodas neoyorquinas en las que novios fanfarrones, en lugar de esperar, se dan el sí quiero a través de videoconferencia adornados con una mascarilla.

  Lo de taparse morros y napias viene de antiguo. Se hacía con el sombrero de anchas alas hace tres siglos. Esquilache intentó prohibirlo, le estalló el famoso motín y tuvo que salir pitando. Las autoridades hacen bien en obligar a taparse a los “covidiotas” -término candidato a palabra del año- o individuos que se pasan por el forro las normas de distanciamiento social. Es curioso, como observa una socarrona molinesa, que en vez del perro, ahora el bozal lo lleva el amo. Cosas de la “nueva normalidad”.


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