10/07/2020 / 15:16
Jesús de Andrés


Imagenes

Estatuas de sal

Esto de tirar estatuas no es nada nuevo pues, como todo aquello que afecta al ámbito simbólico y a la denominada memoria histórica, la radicalidad de las posturas tiende a ser extrema.


Anda medio mundo, desde el inicio de los disturbios raciales en Estados Unidos hace unas semanas, derribando estatuas. Sobre todo allí, donde la muerte de George Floyd ha prendido la mecha del descontento acumulado por otras muchas cuestiones, recientes y pretéritas, incluidas la crisis del coronavirus, la desigualdad económica y el racismo de su sociedad. Algunas han caído por las bravas, echándoles una soga al cuello o tirándolas al agua, para otras se ha solicitado su retirada. Desde el presidente Grant a Francis Scott Key, pasando por fray Junípero Serra o Juan de Oñate, además de otros muchos protagonistas de la historia de aquel país, sobre todos ellos ha pesado la acusación de racistas, esclavistas y varios “istas” más. No se ha librado, por supuesto, Cristóbal Colón, algunas de cuyas estatuas han sido retiradas o violentadas. Y no han faltado en Europa réplicas del seísmo. En Barcelona, sin ir más lejos, ignorancia nacionalista de por medio, se ha intentado prender fuego -simbólicamente, cómo no- a la estatua de Colón.

Esto de tirar estatuas no es nada nuevo pues, como todo aquello que afecta al ámbito simbólico y a la denominada memoria histórica, la radicalidad de las posturas tiende a ser extrema, y el debate sereno, el rigor y la serenidad brillan por su ausencia. También es verdad que, pese a que son acciones que nacen de una indignación subjetiva, estas acciones quedan en el ámbito simbólico. El derribo de estatuas de dictadores es un clásico del que la historia tiene sus páginas llenas. Así, en 2003 fue derribada la estatua de Sadam Hussein por las cadenas de un tanque estadounidense simbolizando el fin de la guerra de Irak; en 1979 el derrumbe dictadura de Somoza en Nicaragua fue simbolizado por la imagen de la estatua del tirano derribada en el suelo; o en 1974, en Portugal, en plena revolución de los claveles, la estatua de Salazar fue decapitada. En España, sin ir más lejos, hemos asistido al derribo de estatuas de Franco y de Jordi Pujol, con toda la carga simbólica que poseen.

Dos observaciones pueden hacerse al respecto: ni se puede revisar la historia con argumentos presentistas (habría que retirar todas las estatuas de romanos, griegos o de la España musulmana, entre otros, por esclavistas) ni cabe defender que los símbolos son inocentes. Los símbolos nos definen, y hay que ser cuidadoso con qué se eleva a tal categoría. Así, una democracia no puede tener estatuas de una dictadura, debe llevarlas a los museos. Pero de ahí a considerar que Colón, los conquistadores españoles o los emperadores romanos deben ser eliminados, hay un trecho a disposición de la estupidez que tanto abunda. Ojo, no vaya a ser que, de tanto mirar atrás, seamos nosotros los que nos convirtamos en estatuas de sal.


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