23/04/2021 / 10:43
Jesús de Andrés


Imagenes

Fatiga

Lo ocurrido en los últimos diez días en Guadalajara ha sido de libro.


 Las ciencias sociales lo explicaron hace ya muchos años: la protesta a gran escala no es consecuencia de que vayan mal las cosas. Un país puede estar sometido a una hambruna, a una guerra o a un desempleo atroz y sin embargo no haber reprobación alguna a sus gobernantes. Lo que provoca el malestar que da lugar a la indignación es la frustración de expectativas, el que de repente, cuando hay un horizonte definido y cada cual hace cálculo de sus perspectivas de futuro, algo o alguien trunque la esperanza, máxime si no hay una razón de peso. 

Lo ocurrido en los últimos diez días en Guadalajara ha sido de libro. El año pasado, por estas fechas, estábamos totalmente confinados. En primera línea, teletrabajando, en “ertes” o en el paro, saliendo lo justo para hacer la compra semanal y dando palmas desde los balcones. Compungidos por los fallecidos y solidarios con los servidores públicos. No hubo protesta, ni mucho menos indignación. Hubo aceptación de lo ocurrido. Nos ha tocado una pandemia, mala suerte, qué le vamos a hacer. Pero esta primavera las cosas no son como hace un año. Tenemos las vacunas -a ritmo lento pero constante-, los hospitales más desahogados, la expectativa de ir saliendo y la certeza de que hay que compaginar la preservación de la salud con la supervivencia económica. Sin embargo, llega el consejero de Sanidad de Castilla-La Mancha, al cual no le niego su buena intención, y cierra las terrazas cuando no hay un solo dato científico que lo respalde, suspende las exposiciones y actos culturales a pesar de que se respetan al máximo las medidas sanitarias, cierra centros comerciales, museos, gimnasios, bibliotecas… Al no justificar las medidas -y compararnos con otros- la indignación prendió como la gasolina haciendo masiva la protesta. Un despropósito que sólo se entiende por el gusto que algunos han cogido a dictar normas.

Tanto ha sido así, que la torpeza autonómica ha costado a las arcas municipales medio millón de euros en ayudas para intentar contener la ira levantada. Todo por no dejar abiertas las terrazas el fin de semana, que era el mínimo que imploraba la hostelería. Ahora, sin modificación sustantiva de datos y antes de la fecha prevista, se cambia la decisión. El consejero se debiera haber marchado, pero ni disculpas. El problema de fondo es que nadie le paró los pies cuando se debió hacerlo. Ni desde Toledo ni desde Guadalajara. Alguien debió plantarse, si no aquellos que tienen sintonía política, por aquello de seguir saliendo en la foto, sí al menos quienes sostienen la coalición de gobierno municipal. Una simple advertencia, ni tan siquiera una amenaza de moción de censura, hubiera dado al traste con el despropósito autonómico y nos hubiera ahorrado el malestar y ese medio millón, que no es poco.


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