Felicidad escondida
Junto a los descorazonadores cuentos de Navidad no puedo olvidar uno del peruano Leopoldo Caravedo, protagonizado por duendes en una asamblea improvisada para hacer una travesura sonada.
Uno propuso quitarles algo a los humanos. Todos aplaudieron. Tras mucho cavilar, otro planteó hurtarles la felicidad. Aprobado general. Pero el problema era dónde esconderla para que no la encontraran.
El más joven sugirió la cima del monte más alto del mundo. Pero otro le recordó que los humanos tienen fuerza y alguna vez alguno podría subir y descubrirla.
Un tercero planteó ponerla en el fondo del mar. Pero le alertaron de que mujeres y hombres tienen curiosidad y “alguna vez construirán algún submarino o bajarán buceando y la encontrarán”.
Un duende más rebuscado propuso esconderla en un planeta lejano. “No. Tienen inteligencia, construirán naves para viajar a ellos, la descubrirán, y entonces todos tendrán felicidad”, descartó otro.
El elfo más viejo, tras escucharlos, dijo saber dónde ponerla para que nunca la encuentren: “La esconderemos dentro de ellos mismos. Estarán tan ocupados en sus cosas y buscándola fuera que nunca la hallarán”.
Todos asintieron. Desde entonces ha sido así: el hombre se pasa la vida buscando la felicidad, sin saber que la lleva consigo.
Atrapados con tanto móvil, agendas ocupadas, estrés cotidiano y vida acelerada, los humanos no la buscamos o creemos que está en el Gordo, el dinero, joyas, sexo, casoplones, cochazos, cargazos, puestazos laborales…
A menudo se reúnen en congresos sobre el tema ‘pensadores’ bien pagados con el patrocinio de la multinacional de la chispa de la vida y alguna diputación. Nada en claro, como resumen en mi pueblo.
“Cuéntame/cómo te ha ido/por ese mundo de amor/cuéntame…, si has conocido la felicidad”, cantaba Formula V en aquel himno pegadizo para jóvenes de los años 60-70. Quizá los duendes ya la habían ocultado.