Todo vuelve
Cuenta una leyenda del siglo XIX que existió un cuarto rey mago, Artabán, que acompañó a Melchor, Gaspar y Baltasar, pero nunca llegó a Belén con sus ofrendas (un zafiro, un rubí y una perla). Se perdió en el camino por un eclipse que le ocultó la estrella.
Reapareció en Jerusalén cuando estaban crucificando a Jesús en el Gólgota.
El teólogo Van Dike, que escribió su entrañable historia, asegura que entretanto se dedicó a ayudar a los necesitados (un anciano enfermo, soldados de Herodes, una joven a punto de ser subastada...) convirtiéndose en un símbolo de sacrificio, generosidad, altruismo y recordatorio de que la fe se demuestra en la compasión diaria, no solo en grandes gestos.
Artabán debe continuar también vagando por el universo infantil, por el mundo de los niños hasta el fin de los días. Y vuelve, como el famoso turrón, por Navidad.
Mi amigo Ramón cree que permanece en Occidente hasta apagar las luces navideñas y clausurar los fastos lumínicos con millones de bombillas, arcadas, árboles y adornos cromáticos con los que pretenden deslumbrarnos derrochones alcaldes de pacotilla. Tiene tarea.
Todo vuelve. Incluida la política de baja estopa. El atrabiliario colega Luis Bonafoux lamentaba hace más de un siglo: «Las cuatro grandes ‘pes` (del reparto social) –putas, policías, políticos y periodistas– se pasaban el día revueltos para confusión y desconsuelo de los ciudadanos”.
“En consecuencia -sentenciaba- las primeras perdían afición; los segundos dejaban sueltos a los ladrones; los terceros terminaban por servir a quienes no debieran, y los cuartos solo se afanaban en conseguir alguna bicoca de las primeras o de los terceros».
El párrafo ha recobrado vigencia: Políticos corruptos y parlamentarios holgazanes (otra pe), policías implicados en el narcotráfico, periodistas mercenarios, y prostitutas que tratan de sacar beneficio de los primeros. En fin, la sociedad no cambia...