23/12/2021 / 16:53
Jesús de Andrés


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Feliz Covidad

El virus sigue ahí, hay que mantener toda la precaución que sea posible, pero no podemos regresar al pasado ni dejar de reconocer los avances producidos.


Uno de los motivos por los que en el futuro quizá sea recordada la pandemia es por haber sacado lo mejor y lo peor de todos nosotros en general y de la clase política en particular. Avanzada la Navidad, después de que los niños y niñas de San Ildefonso hayan repartido en porciones de mil euros la fortuna navideña, el espectáculo es impagable: un gobierno que posterga su obligación y convoca una reunión urgente dos días antes de nochebuena para disponer las medidas a tomar; una oposición echada al monte -para variar- en su búsqueda insaciable de cualquier rédito electoral sin importarle las contradicciones en las que continuamente cae y una ristra de lehendakaris sobreactuando para aparentar que ellos sí hacen algo y los demás no. Pese al éxito que la vacunación ha supuesto y al hecho certero de que ha evitado miles y miles de vidas, el alarmismo mediático y la actitud sobreactuada de tertulianos y políticos pretenden que pensemos que estamos en abril de 2020, y no es así.

El virus sigue ahí, hay que mantener toda la precaución que sea posible, pero no podemos regresar al pasado ni dejar de reconocer los avances producidos porque, sin estar justificado, sería insostenible para nuestra economía y nuestra salud mental, aparte de ser una agresión contra nuestra inteligencia y un retroceso de nuestros derechos ciudadanos. En esta ocasión está afectando sobre todo a los niños y a los veinteañeros. Ni el número de fallecidos ni el de hospitalizados justifican la histeria colectiva que se ha instalado en los medios de comunicación, más cuanto más sensacionalistas son, anunciando poco menos que una avalancha de muertos, muy por encima de la de hace año y medio, cuando no había ni vacunas ni apenas conocimiento de la enfermedad. 

En la quinta ola ya se consiguió “gripalizar” al virus, reduciendo el número de fallecidos al ordinario de años anteriores como consecuencia de la gripe. Es importante recalcar, y aquí ya lo hemos hecho en otras ocasiones, que en 2018, según datos del Instituto de Salud Carlos III, la temporada de gripe acabó con la vida de 15.000 personas en España, muchas más de las que se llevó la quinta ola o, me atrevo a vaticinar, de las que morirán en la actual. La clave está en no bajar la guardia y en poner la tercera dosis de la vacuna, que ahí sí que nos hemos relajado. Pero aquí estamos: Cataluña decretando cierres a la hostelería, toques de queda y certificados, el País Vasco imponiendo a todos (tiene bemoles) el uso de mascarillas en la calle, o nuestros aprendices de brujo alertando sobre las congregaciones de gente al aire libre… Celtiberia show, que diría Luis Carandell. Felices fiestas.


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