Feminismo es humanismo. Sobre cárceles ambulantes


Los velos integrales no deben reducirse a un asunto meramente cultural o estético porque afectan a los derechos de las mujeres. Estos mantos no solo invisibilizan cuerpos y mentes sino que representan sumisión.

Apenas hace una semana del Día Internacional de la Mujer, una jornada para la reivindicación de la igualdad entre mujeres y hombres, condición sin la cual la democracia no puede ser plena. Por eso mismo, el ansia de igualdad y libertad como valores interdependientes e indisociables no pertenece solo a las mujeres; muy al contrario, el planteamiento feminista apela directamente a los hombres en la construcción de un mundo más digno para todas las personas.

Una de las cualidades del feminismo es su naturaleza universalista, propiedad que lo hace incompatible con el relativismo moral. Es decir, que existen valores universales y válidos para todo el mundo que no pueden verse limitados por circunstancias como el sexo, la clase, la cultura, la edad o la geografía. Por eso las feministas sostenemos que los avances que hemos conseguido en algunos lugares del orbe deben valer para todas; y a la inversa, lo que no deseamos para nosotras, tampoco deberíamos aceptarlo para las demás.

En este marco se encuadra el debate sobre el uso del velo integral, una prenda, quisiera aclarar, no necesariamente islámica. Estos velos, que ocultan por completo el cuerpo de las mujeres, sustancian la idea de que las mujeres son seres subalternos de los varones y que sus cuerpos son esencialmente pecaminosos, razón por la cual desde el feminismo los consideramos un elemento de opresión.

Cartel de la película A las cinco de la tarde (panj-e asr, Samira Makhmalbaf,2023)

Yendo al grano, no entiendo que hace unos años nos horrorizáramos ante la situación en la que se quedaban las mujeres afganas tras el ascenso al poder de los talibán, y ahora haya sectores que afirmen que llevar un burka en España no es más que una cuestión de libertad religiosa. No me sirve la explicación de la elección personal, pues no es posible ninguna elección libre si esta va acompañada de represalias y, además, no es admisible ninguna supuesta elección que atente contra los derechos humanos.

Mi punto de vista es sencillo. Los velos integrales no deben reducirse a un asunto meramente cultural o estético porque afectan a los derechos de las mujeres. Estos mantos, que pueden llegar a pesar siete kilos, no solo invisibilizan los cuerpos y mentes de las mujeres, sino que representan la sumisión a los varones y la imposibilidad práctica de ejercer la ciudadanía. Habrá quien diga que en España su uso es escaso, pero la vulneración de la dignidad de mujeres y niñas -seres humanos tan dignos como los hombres- no puede valorarse exclusivamente por su incidencia cuantitativa.

La violencia simbólica que conlleva para todas las mujeres y el menoscabo a la democracia que introducen estas fisuras relativistas, opuestas a la universalidad, deberían ser suficiente motivo para plantearse que lo realmente racista e islamófobo es permitir que haya excepcionalidades en los derechos de las mujeres; en otras palabras, que en las democracias avanzadas las mujeres disfruten o no de sus derechos, o puedan o no reivindicarlos, en función de su procedencia cultural o religiosa.

Con respecto a esto, resulta insostenible invocar la libertad religiosa a la hora de justificar los velos integrales. Nuestra Constitución garantiza la libertad de profesar cualquier religión, pero esa libertad no ampara el quebrantamiento de los derechos humanos mediante la negación de la igualdad entre mujeres y hombres, sea de manera explícita o implícita.

Tal vez sea esto último lo que en verdad se encuentre en cuestión, los derechos humanos. En este mundo en el que los organismos multilaterales se encuentran tan depreciados, los derechos humanos están en serio peligro. La idea de humanidad fraternal se desdibuja más que nunca en favor de la de comunidades que se excluyen entre sí, y esto no solo es imputable a la extrema derecha. 

Llevamos años en los que el universalismo cede espacio ante lo identitario, de la misma manera que la solidaridad se deshace en la ley del más fuerte. Ninguna acción humana es perfecta y tal vez por ello la Declaración Universal de los Derechos Humanos tampoco lo sea, pero también creo con firmeza que esa proclamación es la mejor obra que como humanidad hemos sido capaces de construir. 

Sin unos preceptos básicos, inalienables, indivisibles y universales, la libertad, la igualdad y la dignidad inherente a hombres y mujeres podrían quedarse en poco más que un enunciado, en una consideración arbitraria que, tengan por seguro, damnificará en primer término a mujeres y niñas. 

Mi admirada Nayat El Hachmi, una de las más lúcidas escritoras españolas, siempre comprometida con el feminismo, se pregunta por qué somos tan indolentes con esas niñas que no tienen más remedio que ponerse un velo. Unas porque no pueden negarse, aunque quisieran, sin recibir la reprobación de su entorno; y otras porque ni siquiera han tenido la oportunidad de imaginarse a sí mismas fuera de esa cárcel ambulante de los velos, sea cual sea su forma.

El feminismo es humanismo y, como ya hemos dicho, intrínsecamente universalista. En consecuencia, mientras haya una mujer o una niña oprimida por el patriarcado, ninguna de nosotras, ni la democracia misma, estará a salvo.